el charco hondo

TF-5

Cuentan, quienes saben, que en las maniobras de despegue hay un buen puñado de factores que exigen un seguimiento minucioso. Rodaje, chequeo y preparación de los mandos, flaps, parámetros de motor, slats y, junto a todo esto, lo que denominan la velocidad de decisión. Dicen (ellos, los que saben) que por debajo de la velocidad de decisión se puede abortar -con seguridad- la maniobra de despegue; pero, y aquí está el nudo, que cuando se supera hay que continuar con el despegue, porque es más seguro volar que quedarse en la pista. Igual ocurre, a veces, con las infraestructuras. Tienen un tiempo de decisión, más allá del cual ya es tarde para desandar lo andado. Cuando eso pasa, no queda margen para soluciones verdaderamente eficaces. En la TF-5, pongamos. Buena voluntad, reuniones de trabajo, propuestas más o menos imaginativas, voluntarismo o anuncios, los sabidos y los que vendrán; pero lo cierto es que la velocidad de decisión, respecto a los atascos, se superó hace milenios. Pueden rascar un trozo de carril de aquí, una mejora de accesos por allá, retrasar el inicio de las clases a las diez o cobrar por el uso de los aparcamientos en el campus. Pueden, Cabildo y Universidad, mostrarse abiertos a negociar éstas y otras alternativas, encargar a expertos en logística mil estudios sobre la movilidad del alumnado, implicar a instituciones locales o a la NASA, apelar al transporte público o al uso del vehículo compartido, mejorar la seguridad y agilizar, poco, la fluidez del tráfico. Da igual. Pasarán más de mil años, muchos más, y quienes vienen del norte tendrán en las colas de la autopista un rato largo, muy largo, para pensar en sus cosas, meditar, recapacitar sobre esto o aquello, escuchar la radio y respirar hondo, sobre todo, respirar hondo. Cabe valorar que Carlos Alonso o el rector no tiren la toalla; pero las soluciones (las efectivas) para la TF-5 no terminarán de llegar porque en este asunto se superó, años atrás, el tiempo o velocidad de decisión.