el charco hondo

Tío

Dos llamadas perdidas; y, a la tercera, el aire se detiene. En seco, de golpe. Una milésima de segundo. Una conversación mínima, apenas un suspiro, y la muerte que la vida esconde se cruza en tu camino. No por esperada menos inesperada, una llamada basta para que el calendario quede reducido a los minutos y horas siguientes. Más allá no hay más. Si era deja de serlo. De pronto, todo comienza y acaba en lo que acabas de escuchar. Las cosas adquieren su verdadera dimensión y volumen. La mala noticia clava el momento en la pared. Minutos después, por no sé sabe bien qué rendija, asoma el minuto siguiente. Los pulmones se llenan de aire y poco a poco, lentamente, echas a andar porque la vida es seguir andando. No hay tiempo para bajar los brazos. Cuando una noticia así te zarandea y tira al suelo, solo cabe reconstruirse y seguir. Pasan los minutos; y, cuando se acumulan, incluso pasan las horas.

La mala noticia se hace realidad y la realidad mala noticia. Rehacerse. No hay otra. Dejas que disgusto y recuerdos se instalen entre los muebles de tu memoria. Poco a poco, muy lentamente, las cosas irán recuperando dimensiones y volúmenes, colores y formas, presentes y, sobre todo, futuros. Así será, pero aún no. Ahora solo coraje, serenidad y abrazos para remontar. Duele el dolor de los tuyos. Seguir. Avanzar. Encajar el zarpazo y, porque así es y debe ser, seguir viviendo. “La cosa está jodida, sobrino”. Mil veces me lo decía, con la sonrisa en la boca, mil veces lo escuché sin saber bien si hablaba de política o economía, de ambas cosas o ninguna. Así me saludaba, al menos siempre o casi siempre; yo reía, nunca le pregunté ni falta que hizo a qué se refería. La cosa siempre estuvo un poco jodida, tío Carlos, pero exagerabas. Duele el dolor de mis primas, de mi tía, de mis padres, de mis primos, de mis hermanos, de los que viene detrás de nosotros, de los amigos. A veces, como ayer, unos cuantos morimos un poco. Estos días la cosa sí que está muy jodida, tío Carlos.