diario de las américas

Venezuela mira a las urnas bajo las querellas con Colombia

Llego a América, donde ya no está España presente como antes, ni está Canarias como estuvo siempre. Hay empresas españolas, incluso como nunca, pero España está lejos, ahora no está cerca en el corazón de estos países que la sentían como suya, con las heridas cicatrizadas tras la emancipación, con las cuentas en orden. Ahora hay deudas pendientes, inquinas pendientes y desconfianza. América viene de celebrar los bicentenarios de las descolonizaciones a lo largo de un reciente puñado de años. Desde el “¿por qué no te callas?” de don Juan Carlos a Chávez en 2007 ha llovido bastante, y ambos hicieron las paces, pero Venezuela ya no mira a España como una aliada. Son tiempos hoscos. Nicolás Maduro acusa con despecho a Rajoy de estar detrás de los movimientos desestabilizadores de su régimen. Acaso, el renovado Perú de Ollanta Humala y la Colombia conciliadora de Santos sean los mejores amigos ahora mismo de España en esta orilla, donde antes lo eran Venezuela y Cuba.

Hay, no obstante, cierta aproximación a La Habana, tras el deshielo de Raúl-Obama y, antes de arribar al continente, comprobé que trascendía la noticia de que funcionarios cubanos están viajando a Madrid a adiestrarse en el manejo de los impuestos para la nueva era de apertura económica. Nada que ver, respecto a las islas, con la luna de miel de las relaciones de Manuel Hermoso con Fidel en los años 90, cuando se visitaban mutuamente. Con Venezuela había hilo directo y caló la idea de que los embajadores debían ser canarios. Fue el caso paradigmático de Alberto de Armas. Yo percibo, como digo, ese enfriamiento de lo español -insisto, y de lo canario- de un tiempo a esta parte, en la nueva escena latinoamericana, donde los actores también ya son otros. En esta nueva hornada, faltan los viejos contactos que antes llegaban a ser del máximo nivel. “¡Dejen pasar al canario, adelante!”, les decía en sus años de gloria Carlos Andrés Pérez a sus escoltas cuando me veía inmovilizado a cierta distancia. Rangel, el legendario periodista y político, ya retirado, que traspasó todas las estancias del laberinto venezolano y fue vicepresidente con Chávez, me contaba en Caracas, una noche, las claves políticas del avispero nacional, y cuando se presentó, por segunda vez, en las presidenciales del 83, uno de sus guardaespaldas era un hombretón de casi 1,90: Nicolás Maduro.

América en horas bajas, muerde ahora el polvo del frenazo económico de China, que alarmó a toda Europa y las bolsas de medio mundo cuando salí de Canarias, y está intranquila, además, con la economía de Brasil, que en estos momentos se muestra peligrosamente vulnerable. América no tiene yihadismo, y esa es una baza a su favor para el porvenir turístico de la mayoría de sus países, pero sería ingenuo inferir que América es segura. Venezuela, detrás de Honduras, es el segundo país más inseguro del mundo (con 25.000 homicidios en 2014). Centroamérica arrastra una violencia endógena (la serpiente de las maras, las pandillas criminales de jóvenes tatuados) que envenena en el sur las calles de Caracas, Lima o Bogotá, ya de por sí históricamente delictivas, y amarga la vida al visitante, que recela de su integridad desde que pone un pie en el aeropuerto y toma un taxi temiendo sufrir un secuestro en el camino inducido por el mismo hombre que va al volante.

El presidente encargado de Venezuela, Nicolás Maduro, en una foto de archivo. | EFE
El presidente encargado de Venezuela, Nicolás Maduro, en una foto de archivo. | EFE

‘ENTREGOLPES’
Caracas huele mal, pero no es culpa del chavismo. Siempre fue una capital maloliente y masificada. Y uno tiene la sensación de que algo se cuece en el ambiente. Un golpe de Estado fue el baldón en la carrera política de Hugo Chávez y otro golpe de Estado lo redimió ante la opinión pública. El que dio él contra Carlos Andrés Pérez en 1992, que le costó la cárcel hasta ser indultado, y el que sufrió en carne propia en 2002 por un sector de militares y empresarios. Ambos fueron golpes fallidos. En esos diez años de entregolpes se establecen dos extremos de su vida claramente definidos, en que fue denostado y adorado por la sociedad civil, bajo el halo de romanticismo bolivariano y de cuño quijotesco que adornó su figura de un perfil estrafalario y simpático. Estos días, Caracas es una ciudad expectante, Venezuela, un país a la espera de acontecimientos. El 6 de diciembre hay elecciones para renovar el Parlamento. Maduro, que se resiste a aceptar la supervisión internacional de los comicios, fue elegido presidente para el período 2013-2019. Un revés severo en las urnas sembraría dudas sobre su liderazgo.

Los venezolanos, entre los que permanecen muchas familias canarias al cabo de una larga prelación migratoria, aguardan ese momento, saturados del estrés de unos años difíciles y el insólito devenir de los últimos incidentes: el frente colombiano de las deportaciones; los culebrones sobre los atentados y las acusaciones de narcotráfico que pesan sobre el número dos del régimen, Diosdado Cabello -y que él niega-, alentadas desde Estados Unidos, que recuerdan el affaire de Noriega, Cara de Piña, en Panamá, aquel dictador depuesto en una invasión norteamericana de finales de los 80, que fue condenado por narcotráfico y crímenes. No es el caso. Obama acaba de hacer las paces con los Castro en Cuba y no se le ve en el papel de George Bush (padre) enviando sus tropas a tumbar el chavismo a la fuerza. Pero Cabello está siendo la comidilla a propósito de un inconcebible complot para matar a su hija, una conocida cantante, de lo que se acusa, sorprendentemente, a una joven de origen canario y a su pareja. Esto es Venezuela. Política ficción y América Vice.

Chávez no está muerto. En América los muertos viven una segunda oportunidad que se parece al Pedro Páramo de Rulfo. Chávez está intacto en la memoria colectiva, como lo está el dictador Pérez Jiménez, que levantó el país en los años 50 y construyó grandes infraestructuras que lo inmortalizan, o como lo estaba Carlos Andrés Pérez, que hasta su muerte en el exilio hace cinco años, era recordado por un sector del pueblo de un modo abyecto: “Era buen presidente porque robaba y dejaba robar”. Nunca me atreví a comentárselo, porque era un piropo infame, pero el trasfondo no es otro que la memoria de la gente manteniendo vivo el recuerdo de sus gobernantes sin discriminaciones éticas.

CAP (las siglas mediáticas de Carlos Andrés) era amigo personal de Felipe González en los tiempos de aquel idilio de España con América que ahora echo en falta en este viaje. Cuando lo conocí me contó que leía prensa española a diario, me habló de González, y me propuso una estancia más larga para obtener una exclusiva. Meses después supe quién era el protagonista de su scoop: aquel Comandante Cero, Edén Pastora, que asaltó el Congreso de la Nicaragua de Somoza en 1978, al frente de un comando sandinista. Se pasaba de bando, dejaba la revolución, ya en el poder, y partía al exilio, donde promovió acciones guerrilleras contra el Frente Sandinista en el poder, sufrió atentados y acabó de pescador en Costa Rica antes de reconciliarse con Daniel Ortega (este otro Daniel Ortega), a cuyas órdenes ha vuelto a trabajar. Nunca quedaron resueltas las dudas sobre la hipotética colaboración de CAP con Washington y la CIA. Pero era llano y te envolvía. Aquella vez no me quedé.

Ahora ser canario no abre puertas en Venezuela como antes. En la puerta del Consejo Nacional Electoral (entonces Supremo), una vez me encontré a Rafael Caldera, que me llevó del brazo hasta dentro con la mayor naturalidad; tenía un trato campechano con los canarios y la imagen del político serio que un país extremado como el suyo agradecía. Sin embargo, sobre el hombre que gobernó dos veces Venezuela con Copei (ahora minoritario como Acción Democrática) y brilló como intelectual, pesó en las postrimerías de su vida una decisión: él fue quien indultó a Chávez. Semanas atrás, el excandidato de la oposición Henrique Capriles, gobernador del estado de Miranda, lanzó un plan económico para salvar a Venezuela de una inflación de caballo. Maduro lo desprecia con desdén, mientras Capriles sostiene que la región mejor abastecida, Caracas, sufre una escasez del 60% y los salarios valen lo mismo que hace 40 años.

La situación económica del país va de mal en peor, y peor que irá, según JP Morgan, el poderoso banco de inversión. La verdad de la economía no se admite oficialmente; a los medios críticos que la pregonan, les atribuye el Gobierno el espantajo de la desestabilización. Algunos medios aseguran que desde el mes de agosto Nicolás Maduro restringe el dinero, en una suerte de corralito encubierto. Con la inflación y los bajos salarios asoma una economía de subsistencia, y las madres comentan que no consiguen pañales desechables para sus bebés y han vuelto a utilizar los de tela, pero tampoco consiguen jabón para lavarlos. Indirectamente, Canarias tenía a un hombre en Caracas tomándole el pulso a la economía a comienzos de los 80, cuando lo conocí en un viaje de varias semanas: José Manuel Soria, por entonces analista de mercado para Venezuela y el Caribe en la Embajada española.

“SEMBRAR PETRÓLEO”
Cuando Hugo Chávez (que murió de cáncer a los 58 años en 2013) vivía, Venezuela se creyó la despensa provisora de los estados acólitos, el país que regalaba la gasolina y recogía a manotazos las brescas de la colmena.Hay que “sembrar el petróleo”, decía, en cambio, Úslar Pietri, que me recibió en su casa hospitalario rodeado de estantes llenos de libros. La caída vertiginosa del precio del crudo, monocultivo de exportación en Venezuela, provoca pérdidas de la mitad de sus ingresos en un año electoral que aconseja esfuerzo inversor. Nunca este país se diversificó al calor del maná de su petróleo y ahora es tarde con la cotización del barril en picado. Cuba no esperó a que los hechos desmintieran el paraíso chévere y dio su penúltimo golpe de efecto abrazando al oso. Nicolas Maduro, en cambio, ha tenido menos reflejos de los que hubiera tenido Chávez, que no se hubiera perdido esa foto.
El chófer que conduce la revolución bolivariana se la juega el 6 diciembre, en las elecciones parlamentarias. La oposición, cuando no está en la cárcel, está en la calle y hace bulla. A Maduro le iban a estallar los oídos y llamó a las urnas como remedio. No es la primera vez que Venezuela se asoma al vacío y elige. Hugo Chávez era paracaidista.

El conflicto fronterizo con Colombia, aunque la OEA se haya inhibido, es un episodio preelectoral que bebe en la fuente de una vieja picaresca: el contrabando. Es cierto que la venta fraudulenta de gasolina y alimentos a través de la frontera ocasiona pérdidas económicas a Venezuela y desabastecimiento. Pero es un cambalache conocido como bachaqueo en el que participaban colombianos y venezolanos, nada nuevo bajo el sol. La gasolina se vendía en pimpinas (bidones) en el circuito paralelo y se agotaba en las estaciones donde se alargaban las colas. En lo alto de la trama operaban las mafias de rigor.

Pero Maduro, cuyo hipotético origen colombiano fue una polémica inconclusa descafeinada como un caso de homonimia imposible, es ahora un político en la cuerda floja, enfrentado a su destino, que busca un respiradero, un enemigo externo. Y Juan Manuel Santos, entretenido en cerrar a contrapelo la paz con la FARC en sus diálogos interminables de La Habana, con el aliento de Uribe en el cogote por no meterlos en la cárcel a todos, y atento a sus propios comicios parlamentarios del 25 de octubre, considera este incidente una contrariedad inoportuna. Ambos han dejado encallar el contencioso. El 19 de agosto, Maduro ordenó el cierre de la frontera, a raíz de una emboscada de paramilitares colombianos, con tres oficiales venezolanos heridos.

Desde que viajo a Venezuela, cuando presidía Luis Herrera Campins, a finales de los 70, las pendencias entre venezolanos y colombianos eran el pan de cada día. El venezolano no traga al colombiano, lo tienen entre ceja y ceja, conviven mal. Ahora, la masiva expulsión de colombianos sin papeles (más de cinco millones residen en Venezuela) amenaza convertirse en un problema humanitario. Este verano, como se sabe, la imagen dominante está siendo el horror de las migraciones forzosas en Europa. Y, aquí en América, de norte a sur, se habla de lo mismo. Lo hace el magnate Donald Trump en la campaña histriónica por las primarias republicanas en Estados Unidos cuando confiesa sin cambiar de color su tupé leonado que haría un muro kilométrico para quitar de la vista al colindante México y se desharía como de la peste de todos los inmigrantes indocumentados de ese país. Maduro ha deportado a miles de vecinos estigmatizados que le molestaban en la linde con Cúcuta, y, según la ONU, un millar y medio de personas cruzan todos los días la línea divisoria entre los dos países por rutas improvisadas hacia los precarios albergues donde se hacinan.

Compruebo de este lado del mundo que los temas se copian. Se habla de migraciones y deportados. Como de crisis, de China y de comicios. Pienso en las citas de España: las catalanas, las generales. La prueba de fuerza a que se somete este mes la democracia española, enfrentada de lleno a un conflicto territorial tras los estragos de la crisis. En América nuestro terremoto es un asunto remoto, que uno tiene que descifrarles con detalle. España -así lo siento- tiene ahora que explicarse más que antes, cuando era una lección aprendida: la madre patria. Este pensamiento ha dado un paso atrás. Las Cumbres Iberoamericanas son reflejo de ese descaecimiento de lo español pese al esfuerzo de Pedro Sánchez, en su gira de estos días por estas tierras (México, Colombia, Perú y Chile) para restablecer los lazos.

La crisis política entre los dos gobiernos es una polémica golosa. “La Revolución Bolivariana ha garantizado derechos humanos fundamentales al éxodo masivo de hermanos colombianos que no son atendidos por su país de origen”. Este comentario se lee en la cuenta de Twitter de la canciller venezolana, Delcy Rodríguez.Colombia acusa a Maduro de aplastar los hogares de los deportados con tractores. Donamaris Ramírez, el alcalde de Cúcuta (Colombia), foco del choque, es el que ha ido más lejos en la ira oficial de su país por el portazo de Maduro: “Voy a denunciarlo por delitos de lesa humanidad”. Esta es su versión de los hechos y el por qué: “un maltrato para montar su campaña legislativa”. Es un galimatías: Maduro acusa a los paramilitares colombianos de sembrar la extorsión y el contrabando provocando la escasez de alimentos en su país, y desde Colombia se le reclama que busque a los culpables en el seno de sus propias fuerzas militares y cuerpos de seguridad. El locuaz alcalde cucuteño invoca el diálogo, un contrato sinalagmático al más alto nivel, antes de que “nos cojamos a plomo”.

LA PALABRA MATAR
La palabra atentado ha ido de boca en boca en los discursos de los dos últimos presidentes venezolanos como un mantra. Maduro, como antes Chávez, en efecto, no cesa de asegurar que preparan atentados para matarle. Lo ha vuelto a hacer estos días. Y yo me fijo, a propósito, en las fotos suyas que veo en la prensa, por si se trata del Maduro original o de alguno de sus dobles, pues se dice que los usa, y a veces sin motivo. Pero el lenguaje de la moribundia se ha extendido esta vez a la familia de Diosdado Cabello, el todopoderoso presidente de la Asamblea Nacional, al ser detenida, días atrás, una paisana nuestra, una joven de origen tinerfeño (de San Juan de la Rambla), Andrea González de León, y su compañero Danny Abreu, ambos identificados como militantes de la oposición, bajo el cargo de intento de asesinato de la hija del influyente político, la cantante Daniella. Palabras mayores.

La familia de la joven canaria cree que esta y su pareja han sido utilizados como chivos expiatorios de un montaje para lavar la imagen de Diosdado, en horas bajas ante graves acusaciones por narcotráfico, y mover a la compasión. En la telenovela real de los dramas familiares de Venezuela, corre la sangre como en las calles del país. José Pérez Venta, el asesino que descuartizó a Liana Hergueta, ha sido la espoleta de la detención de los sospechosos, al decir en un interrogatorio difundido por vídeo que le propusieron 500.000 dólares para eliminar a la hija de Cabello. Pérez Venta es un siniestro personaje con doble cara, del que se especula que tanto pudiera ser un activista de la oposición como un infiltrado del oficialismo en aquella, y su víctima, una chica atrapada en sus líos (víctima de estafa), acabó con el cuerpo desmembrado en el interior de un coche en Caracas.

Este es un país de armas tomar, con todo el fuego de frente, que se desangra por dentro, pero por fuera mantiene una calma tensa de uñas afiladas. No hay día que el escándalo no salpique por norma a algún estamento. Las acusaciones del Departamento de Justicia norteamericano, en los últimos días, contra el número dos del régimen, Diosdado Cabello, como jefe de un supuesto cártel de narcotráfico y blanqueo de capitales, ha sentado a cuerno quemado en el Gobierno bolivariano. La noticia en The Wall Street Journal merece en América más repercusión fuera de Venezuela. Fuentes autorizadas de la Justicia norteamericana han desempolvado un lenguaje de otro tiempo, que nos remite al caso Noriega, el presidente panameño de las marcas atróficas en la cara depuesto y encarcelado en Estados Unidos.

A Cabello, que además de presidente de la Asamblea Nacional es vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela, en el gobierno, le anuncian ahora que van a por él. Es el “principal objetivo” de la investigación, en la que participan agentes de la temida DEA (agencia estadounidense antidrogas) y las fiscalías de Nueva York y Miami. Maduro se libra del expediente, pero no así algunos funcionarios y militares presuntos cabecillas de las factorías de cocaína de Venezuela que surten los mercados del norte del continente y saltan a Europa. El chavismo (cuesta hablar de madurismo todavía) cuenta en su contra con las confidencias de los desertores, que se ganan las simpatías de Estados Unidos revelando (y acomodando) los pecados capitales del Gobierno.

Quien escribe la novela de América, como habría gustado hacer al suicidado David Foster Wallace, autor de El rey pálido, se ve sorprendido por los hechos reales que superan a diario las magnitudes de la ficción. La delicada situación y la situación de delincuencia dibujan un país que siempre compitió consigo mismo en modos de superarse a base de picaresca. Los momentos cruciales que ha atravesado el chavismo en los últimos meses, hasta desembocar en esta convocatoria electoral, se localizan en la detención, en febrero, del alcalde opositor de Caracas, Antonio Ledezma (hoy bajo arresto domiciliario), acusado de conspirar para dar un golpe de Estado. El Llamado a los venezolanos a un acuerdo nacional de transición, en el diario El Nacional suscrito por Ledezma, María Corina Machado y Leopoldo López, fue el detonante. Agrupados en la alternativa opositora La Salida, que no es del agrado de Henrique Capriles, los tres invocaron las violentas movilizaciones callejeras antigubernamentales de 2014, con un saldo de 43 muertos. El gargajo de sangre. Maduro llamó a Ledezma “vampiro” y enarboló la amenaza de un “puño de hierro chavista” contra los tres.

Las redadas del Sebin (el servicio de inteligencia venezolano) se han sucedido en los últimos años. El caso de Leopoldo López, el líder opositor más radical, opaca en ocasiones la imagen de Capriles, candidato del antichavismo hasta ahora y partidario de una estrategia más sobria; sobre todo, durante los 30 días de huelga de hambre que protagonizó en la cárcel de Ramo Verde. Suspendió el ayuno con el anuncio de las elecciones, pero algunos opositores más beligerantes que él llegaron a coserse la boca y prolongaron la huelga. López -el tribunal que le juzga acordó aplazar la sentencia al próximo jueves (podría ser condenado a 13 años de reclusión)-, reclamó el cese de la protesta. Las mujeres han jugado un papel activista en esta crisis, como demuestran la exlegisladora represaliada Corina Machado y las esposas de López y Ledezma, Lilian Tintori y Mitzy Capriles, damas rebeldes que tomaron la antorcha en ausencia de sus maridos. El país que salga el día 6 de diciembre de las urnas ya no será cosa de hombres únicamente, en una nación de rampante machismo hasta ahora. Me queda la duda de si las puertas que se cerraron a Felipe González, cuando quiso participar en la defensa legal de los líderes opositores presos, se abrirán entonces, conviniendo en la idea nueva de Cuba de quitar las cerraduras para que transite hasta el mismísimo enemigo.