por qué no me callo

Villa Rica, viaje al centro del café

En el camino a la selva central, el tráfico serpentea carreteras estrechas y resbaladizas, colgadas de un declive de los Andes. Uno cree que se va a caer necesariamente. La tupida vegetación proclama en todo el trayecto una feracidad que explica lo indómito y agricultoso de las tierras que penetro cada vez más adentro. Villa Rica es la capital cafetalera de Perú y del mundo, me aseguran con la imagen de su pequeño indígena cargando con la cinta en la frente un enorme grano del manjar. Entre sus montañas más altas, nace el tesoro de granos de oro que se exporta al extranjero y desemboca en millones de tazas de café en un largo viaje que llega hasta Asia.

En Eneñas, donde la familia Camargo Cárdenas conserva su vivero de café como una arcadia prehispánica de costumbres ancestrales, el secreto del cultivo es la sombra de los pinos. En su extensa finca poblada de árboles que tapian a tramos el cielo como una gran pérgola, se oculta, al fondo, la laguna de aguas cristalinas que solo las aves frecuentan a sus anchas sin la presencia del hombre. No tardo en notar la falta de asfalto y el auge feliz de la ausencia de impacto humano que hace del lugar -contiguo a Oxapampa, Reserva de la Biosfera- un recinto virgen, sostenible por definición. El café surge de la planta -cuando la roya no seca las hojas- como si el paisaje invitara al hombre a llevárselo a la boca y no olvidarlo nunca. La factoría de café de La Florida, en La Merced y Villa Rica, la cooperativa más poderosa del distrito -como me explica su dirigente, Helmo Camargo Cárdenas-, con más de seiscientos agricultores asociados, se nutre de las tierras protuberantes de Eneñas, el altar del café. En Eneñas, en la finca de Dominga Cárdenas, donde las gallinas y los patos deambulan en su hábitat natural junto a los perros, los loros y los insectos prominentes de la selva, he creído que en verdad yo soy un bicho raro que viene de otro mundo, y en este -cuya única semejanza cercana conmigo es Anaga en mi niñez-, los problemas del yantar y subsistir no existen, y el resto no son problemas.

Cuando bajo a las calles capitalinas de la ciudad de Villa Rica me cruzo con descendientes de alemanes que colonizaron estos parajes pertenecientes a una etnia imperecedera, los yanesha, celosos guardianes de sus ríos y ritos medicinales. Villa Rica la actual fue fundada por el colono Leopoldo Krausse hace ahora 90 años. Y hay dos aceras bien definidas. Según se baja, a la izquierda está la arteria más activa y comercial; a la derecha, los negocios guardan un ritmo apacible de vida sedentaria, cierran o abren a media mañana sin motivo alguno, y el visitante se siente en casa, puede entrar y conversar con los dueños y empleados del bar o restaurante; otra cosa es que le sirvan con diligencia, pasa el tiempo, y acaso den por terminada la jornada y el cliente se despide sin haber consumido, en busca de otro local, o, al cabo del tiempo, descubre el perfil de cada acera, y cruza y cambia su suerte. No hay prisa, ni ansiedad porque la tierra provee, cubre las necesidades básicas de antemano. Todo lo demás está de más. La casa blanca aparece y desaparece.

En Eneñas cuentan que los ovnis aterrizan y despegan por las noches. “¡Vámonos antes de que vengan los ovnis!”, dicen con una familiaridad pasmosa. El realismo mágico de este Macondo no me sorprende; al cabo de unas semanas, uno se habitúa como a respirar. Esa casa blanca elegante, de cristales bruñidos y deshabitada, que irrumpe como una aparición en una oquedad del camino en Ñagazu, entre La Merced y Villa Rica, me juraba haberla visto en la ida, pero no así en la vuelta. Otro día, pasaba por la misma carretera y alguna señal inconsciente del paisaje me avisó de aquella casa, y esta vez la volví a ver, tras una curva, sola y desierta y blanca impoluta como si fuera a casarse en este altar de café. O fuera el fantasma de una hermosa casa antigua despechada. Otra casa amarilla, completamente real, se inauguró cuando llegué.

En la tarde se reunió toda la familia, procedente de estos valles, y cenamos y jugaron al voleibol y después hicieron una hoguera con las leñas desechadas de la construcción. El cura se detuvo a bendecir el hogar, pero se fue con prisas. “¡No doy abasto!”, se excusó agobiado. Es la única persona que he visto por aquí con estrés. Bebimos café En todas las casas te sirven café (calimor, geisha, caturra, bourbon, arábigo…); todos hablan de una variedad amarilla selecta como de una pócima de café. Aún no la he probado. Emilia, la anfitriona, es buena cocinera, y ha hecho amistad con su vecina, que le guarda la casa a cambio de degustar su exquisito arroz con pollo, cilantro, choclos y pimentón. La perra no parece de Villa Rica con su pluriempleo y ubicuidad, ella se multiplica para cubrir el territorio entre la casa de enfrente de su dueña y la de Emilia. Se quedó la Vecina. Mirco y yo hablamos de fútbol. Es del Barça y del Madrid; él se lo puede permitir, porque no es parte implicada en la rivalidad. Le gustan Messi y Ronaldo. Comenta los partidos con una distancia envidiable de forofo bicéfalo, y despacha gasolina en su grifo Bulcar con imperturbable cachaza de villarricense: el tiempo le tiene sin cuidado. Me encanta este aplatanamiento. Tanto desmentir el nuestro y aquí lo reivindico, lo aplaudo. Aunque a veces tenga que cruzar la acera para tomarme un café con apremios que no consigo reprimir.