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¿Ancianos?

1. Tengo que hablar con el director para que los imberbes de 23 años que redactan las crónicas de sucesos no vuelvan a titular así: “Un anciano de 73 años, atracado cuando salía de una entidad bancaria”. Oiga, ¿qué es eso? ¿Cómo el imberbe se atreve a llamar anciano a un hombre de 73 años? Yo reivindico que no se utilice esta voz peyorativa hasta los 90 o más, porque los que antañazo se consideraban viejos son hoy más jóvenes ya que la población es, afortunadamente, mucho más longeva. Así que, en adelante, el imberbe deberá titular: “Un joven de 73 años, atracado cuando salía de una entidad bancaria”. Bueno, esto último me parece una exageración. Están cabreados los de mi generación porque se les llame ancianos, que es una palabra con ciertos tintes de cachondeo. Pero es verdad que hoy a los 70 años están en activo un magistrado, un catedrático y un fiscal, aunque a estos últimos con esta edad se les desarrolla mucho más la mala leche.

2. Todo esto tiene una explicación. Cuando uno es joven todo lo compara con su padre y con su abuelo y a los 73 años se es abuelo y hace muchos años que se ha sido padre, así que el cacao mental del imberbe de sucesos tiene su razón de ser. Por mucho que se vista uno como un jovencito, el hábito no hace al monje y la edad la lleva uno en las entrañas. Pero, sí, yo también me cabreo cuando dicen que un anciano de 68 años ha sido atropellado por un ciclomotor. ¿Cómo que un anciano, coño, si yo estoy hecho un pibe? Les digo que el puretaje está muy sensible con estos cronistas de sucesos que aplican un nomenclátor peyorativo por adelantado. Ay.

3. El otro día me llamó un señor de 73 años para mostrarme su más enérgica protesta porque le consideren un viejo en la prensa. “Oiga, si a mí me atracan a la puerta del banco, a ver quién se lleva las perras de este anciano, coño”, me decía el hombre, ciertamente muy airado. Y no le faltaba razón. Tengo que hablar, pues, con el director, a ver si tiene a bien suavizar el vocabulario cuando se trata de divulgar sucesos que afectan a esos cachorros que han pasado de los 70 y que todavía dan un susto, en el mejor de los sentidos. En el peor también, por desgracia.

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