nombre y apellido

Artur Mas

Tengo un joven vecino que, por la injustificada mitificación de este oficio y la vanidad de sus oficiales, me pregunta por los temas candentes, profundos o curiosos, como si yo supiera algo fuera de enjaretar letras y palabras de acuerdo con mi memoria y las cosas que pasan. Le tranquilizo con la situación de Cataluña y ante su insistencia le digo que, en esos asuntos, no existe nada que no arregle el dinero. Quiere saber que habría votado yo, de haberlo podido hacer, y le respondí que, en ese caso, por una vez, me habría quedado en una terraza de las Ramblas, disfrutando del buen tiempo, el café y La Vanguardia. Ante su extrañeza y cierto reproche, le repito, como otras veces, que hay que votar siempre, para que los profesionales de la cosa no nos critiquen; luego justifico la salida rápida y le explico que no me gusta machacar las obviedades y un plebiscito indirecto es una desvergüenza para quienes lo convocan y quienes les siguen la corriente, aunque sea para combatir el despropósito.

Sin embargo, porque la entendió desde el minuto cero, no tuve que explicar mi opinión sobre Artur Mas, que hizo y hace de la secesión su recurso de supervivencia; en lo físico, y con un par de cuartas más, hubiera parecido a un galán trabado y chulesco de posguerra; en lo otro, es un vendedor de botijos y humo, hijo ideológico y estratégico de Pujol y guardaespaldas de su también procesada parentela, que quiere tener fiscalidad a su medida, justicia a su medida y país a su medida. Le vuelvo a advertir que no me gusta porque sea independentista, sino por sí mismo y sus maneras; que la independencia es una demanda legítima, aunque con toda legitimidad se puede discrepar de ella, y le añado que, frente al patrón de “más menos pelas”, tengo amigos, buenos amigos, que se quieren separar de España y son consecuentes y honestos. Y le recuerdo, ante la cara dura del honorable -vendedor de humo y de botijos, encubridor de trapacerías del partido más corrupto del estado ¡que ya es récord!- que hubo una vez un político vasco, llamado Juan Jose Ibarretxe que hizo una apuesta similar, la perdió y se fue, con dignidad y sin ruido, para su casa; mientras éste, no sale ni con agua fuerte. Fiel seguidor del pujolismo, con escándalos hasta las cejas y un morro que se lo pisa, el arrogante cigronet ideó un plebiscito encubierto dentro de unas simples elecciones autonómicas e interpretó el resultado por la asignación de escaños cuando supo que la cuenta de los votos estaba perdida. Dentro o fuera, Cataluña -que es un gran país- precisa otro tipo de políticos, no una torpe y matona repetición de sus afrentas.