de puntillas

El avispero yihadista – Por Juan Carlos Acosta

El poder de la noticia se convirtió hace ya muchos años en un arma de guerra como otra cualquiera. El presidente de Rusia, Vladimir Putin, calificaba la semana pasada de ataque informativo la difusión de las muertes que estaban acarreando los bombardeos de sus aviones en Siria; y no sin cierta razón, aunque simpatice poco con este ex agente del KGB, porque resulta cuando menos sospechoso que no se haya puesto el foco asimismo sobre los ataques “selectivos” que paralelamente está llevando a cabo Francia y que, pertrechados bajo la coartada de “legítima defensa”, al parecer también han producido decenas de bajas civiles que sin embargo no recogen la mayor parte de los medios occidentales. Tampoco parece extrañar gran cosa a la opinión pública que unos y otros estén porfiando sobre la necesidad de unas campañas que nadie tiene claro contra quiénes están dirigidas, a excepción EE.UU., que sí parece tener su objetivo bien orientado, como demuestra el reciente bombardeo del hospital de Kunduz, en Afganistán, contra personal de Médicos Sin Fronteras. Llevamos décadas asistiendo a agresiones de todo pelaje a países que, como Irak (Mesopotamia), Siria, Líbano (Fenicia), Irán (Persia), Libia o Afganistán, se rigen todavía por la herencia del profeta Mahoma, fallecido en el año 632. Los agresivos, comenzando por la primera potencia mundial, quizás ni se han molestado en leer algo de la historia de estos pueblos que representaron, junto a Grecia y Roma, la memoria de la identidad occidental. Posiblemente, a estos defensores de la verdad absoluta, árbitros del bien y el mal, y de gatillo fácil, les importa un pepino que las naciones atacadas se hayan pasado las últimas catorce centurias inmersas en luchas fraticidas por sutiles matices entre los descendientes del profeta: los chiíes reclaman como heredero de Mahoma a su yerno Alí, el marido de su hija Fátima, y los sunníes no lo aceptan. Así desde el siglo VII, encerrados en unas fronteras mentales, que más pertenecen a la época de las cruzadas que a nuestros días, y empeñados en encarnizadas vendettas. Cabe preguntarse que si esa obsesión por democratizar hasta a los árboles del camino es posible en unas comunidades que respiran aires bíblicos; si esas lecciones de Occidente casan con el tiempo atávico que están viviendo estos pueblos, o si hay otros intereses detrás; porque tanta ignorancia contumaz es imposible de encajar con toda la literatura disponible al respecto; a menos que la brutalidad y la fijación humana por la dominación, de la que habla el novelista y ensayista Rafael Sánchez Ferlosio en su libro Mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado, sea la misma que hizo inexpugnable a la mítica Cartago. De ser así, efectivamente nada ha cambiado, porque los imperios continúan devorándose unos a otros sin que la razón de la paz, la diplomacia o el diálogo se hayan elevado por encima de los cadáveres inútiles de los inocentes atropellados por la maquinaria de la estulticia. El avispero de Oriente Medio está definitivamente desatado desde la caída de Sadam Husein y mucho me temo que las armas, por muy sofisticadas que sean, solo servirán para enrabietar aún más a los sucesores de Saladino, eternizados en la yihad para vengar a los hermanos de sangre y credo. Sea contra EE.UU., Rusia, Francia, Constantinopla o contra el mundo entero.