el charco hondo

Botellón

Se siente desbordado, sobrepasado por los últimos acontecimientos. Hay quien lo ha visto cabizbajo, puede que desorientado, deseando que ahí arriba los días recuperen la tranquilidad de antaño. Al muflón se le acumulan las dudas, y tampoco esta vez le resulta sencillo dar con las respuestas. Pensó que descifrado el misterio de las flechas rojas la normalidad volvería al parque, pero no, qué va.

Creyó que, descalificado el genio del spray, las cosas volverían a ser como antes. Nada de eso. A solo cuarenta y ocho horas de la Bluetrail la situación sigue siendo inquietante. Preocupado por si el Gobierno le aplicará a él algún criterio corrector sobre la triple paridad, o por la posibilidad de que lo del ITE acabe evaporándose (que lleguen al despacho de Montoro y les cuenten que el ministro ha salido a por tabaco), el muflón se tropezó días atrás con un escarabajo atrapado en un envase de cristal y se vino abajo. “Primero las flechas rojas y ahora esto” -comentó-. Dijo esto y se preguntó en alto por qué aquí abajo nos echamos las manos a la cabeza si un distraído marca las piedras para no perderse (que lo ocurrido ayude a que no vuelva a pasar, claro que sí), pero cuando un biólogo denuncia falta de voluntad política para acabar con el botellón en el Teide -botellón, sí- lejos de la indignación gubernamental con lo de las flechas ahora solo indiferencia, silencio en la grada. Carlos Silva, divulgador científico, activó la alarma en unas jornadas. Se necesita una mayor implicación institucional para eliminar los problemas que amenazan el parque; a su juicio, hay que adoptar medidas para impedir la resaca que dejan los botellones: envases de cristal abandonados y otras basuras. Semanas atrás la respuesta del Gobierno fue, a cuenta de las flechas rojas, tan inmediata como melodramática. El muflón se pregunta, con razón, si la viceconsejera de Medio Ambiente (a la que tan consternada se le escuchó con las flechas rojas) ha tomado nota de lo del botellón.