La caída de la Casa Sharpe

cumbre escarlata

POR MANUEL E. DÍAZ NODA

Ver las películas de Guillermo del Toro, o escucharle hablar sobre su cine, nos deja rápidamente claro que se trata de una persona con una amplia cultura cinematográfica y literaria, sobre todo en lo que concierne al género fantástico. En su filmografía, el cineasta ha sabido cómo renovar los esquemas del terror para ofrecer películas hondamente ancladas en la tradición, pero suficientemente trabajadas para darle una vuelta de tuerca a los patrones y sorprender al espectador; sin embargo, con La Cumbre Escarlata, el interés de Del Toro no está en buscar la forma de adaptar estos patrones a las características del cine moderno, sino al revés, devolver el cine actual a los esquemas y pautas de la literatura gótica del siglo XIX.

De Toro juega con personajes femeninos fuertes, estableciendo una confrontación entre la heroína, Edith Cushing (espléndidamente interpretada por Mia Wasikowska, quien sabe darle al personaje ese halo de inocencia, pero también de moderna independencia), y Lucille Sharpe (una sibilina Jessica Chastain, quien construye su personaje a partir de presencias, miradas y silencios); mientras que, cerrando el triángulo, destaca la figura de Thomas Sharpe, que se nutre del porte seductor e inquietante de Tom Hiddleston. Éste construye un personaje de fuerte presencia, morboso, pero al mismo tiempo con una latente debilidad. Todo en la película parece estudiado al milímetro, no sólo para generar una respuesta en el espectador, sino también para llevarle a un lugar aterradoramente conocido. Como decíamos al principio, el propósito de la película es rescatar de manera fiel un género pretérito, y quizás el mayor inconveniente es lo bien que lo consigue. La construcción de la historia y el tono de la narración es tan preciso que obliga a que la película pierda originalidad o sorpresa.

La Cumbre Escarlata es, por lo tanto, una fiel reproducción, hecha con talento y personalidad, pero demasiado anclada en los patrones que quiere homenajear. Una pena, porque de haberse podido despegar un poco de esa servidumbre tributaria, con un guion más trabajado para esquivar lo convencional de su argumento, podría haberse convertido en la mejor película de su director. Otra vez será.