A veces soy humano

Cambiar para que todo siga igual

Siente el ser humano, mundano y común, la necesidad de creerse que protagoniza, vive, respira en los años de mayores cambios desde que, como especie, pusimos el pie en este planeta. Así es la banalidad de nuestras existencias y el ombliguismo presente. La mayor parte de nosotros no mereceremos ni una línea en los manuales de la historia local, incluso aquellos que se creen investidos por un toque divino que les ha permitido dirigir instituciones públicas, grandes empresas o sociedades serán recordados, a lo sumo, con su nombre escrito en una calle o plaza de dispar importancia.

Si es cierto que algunos viejos modelos de gestionar lo público expiran hoy en día, aún con la resistencia de quienes saben que cuando muera el sistema serán arrastrados al olvido. Como supervivientes extremos se agarran con fuerza a sus asideros mientras la tromba de cambios avanza sin perdón. No han sabido adaptarse y eso se paga. ¿Para qué pensar en perdurar? ¿No sería más rentable dedicarse a vivir con las mínimas cadenas posibles? ¿Qué motivo nos lleva a creer que una existencia plena se fragua cumpliendo con las obligaciones caducas de esta sociedad?

La mayor libertad del humano pluritecnológico de estos albores del siglo XXI debería ser la autogestión de su tiempo; la posibilidad de moverse por el mundo, coleccionar vivencias; disfrutar fríos, calores y temblores; silencios en la estepa y conciertos de océano en compañía; té helado en Asia y sopa caliente de sobre en el Ártico; risas en la avenida Corrientes y sudores en Puyo; amaneceres sentado sobre una piedra y medias lunas rotas balanceándose en el carnaval de Manzanillo. Lástima que nos falte valentía, a unos para descabalgarse del caballo ajeno, y a otros para romper de una vez los grilletes. Cada mañana todos tenemos la oportunidad para cambiar y cada noche volvemos a soñar que algún día lo haremos.
@felixdiazhdez