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Cantando bajo la lluvia

1. Corrieron los barrancos. Con esta frase se sintetizaban antañazo los diluvios con los que tantas veces nos hacía infelices la Naturaleza. Estas islas saben algo de fenómenos meteorológicos llamados adversos, pero que tantas veces no lo son. Lo que pasa es que, por una vez, el mago, a fuerza de repetir la frase, resulta que tenía razón: los tiempos están descambiados. Más que nunca. Hay en este periódico, en su edición digital, una colección de fotografías de gran valor periodístico, entre ellas algunas émulas de los fotogramas de Cantando bajo la lluvia (1952), con Gene Kelly y Debbie Reynolds, y dirigida por Stanley Donen. Los fotógrafos de este periódico y los colaboradores espontáneos se lucieron: una de ellas es digna de un baile de Gene Kelly, metido dentro de un charco, si no fuera por la vestimenta del sorprendido viandante. En fin, que ha llovido a modo, pero, sobre todo, que han corrido los barrancos, santo y seña de nuestros particulares diluvios locales.

2. Pero aquí falla una cosa: el canario, con lluvia, no sabe conducir. Y si a ello se une lo viejo que se ha quedado nuestro parque móvil, las carreteras han sido un caos estos días del diluvio universal. Las grúas no daban avío llevándose los coches al taller. Antes se mojaba la pipa del delco y adiós. Ahora no sé qué se moja para dejar los viejos cacharros botados en las carreteras y a sus pasajeros encharcados y agachados poniendo el triángulo, que es como el cono del mago, pero en equilátero. Esto de la lluvia ha sido una jodienda y ha paralizado la isla, que ya era un caos sin agua para que nos mandaran, ya digo, esta tromba sin igual.

3. Los tiempos están descambiados y el Delta y las riadas abrieron el camino de todas las desgracias. Yo he sido un poco protagonista de ellas. Cuando el Delta viajaba en el famoso avión de Spanair que no pudo entrar en Los Rodeos, tras tres intentos del piloto, ni abrir las puertas cuando logró aterrizar en el Tenerife-Sur, porque se las llevaba el viento. Y en una riada viajaba yo desde el Puerto de la Cruz a Santa Cruz en un Smart que resistió como un jabato los embates del agua y el viento. Recuerdo que me llamó Pepe Oneto, asustado: “¿Pero qué pasa en Tenerife?”.