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La carta negra y eso

1. Cada vez que te sobran 200 euros de la pensión te aparece un impuesto municipal impagado y tienes que joderte y abonarlo. Cuando más contento estás porque has logrado quedar en paz con las administraciones, el cartero te trae la carta negra de la Agencia Tributaria. Y, si no, por algún lado te recuerdan cualquier deuda antigua que no puedes pagar, muy a tu pesar. Estamos cogidos, en un país de impuestos inciertos y de deudas eternas. La crisis nos destartaló a todos -a mí el primero-. Media España está hasta las cejas merced a seis años o siete de penurias impresionantes, que impidieron el crecimiento de este país y provocaron mucha zozobra en los ciudadanos. Los que mejor vivieron fueron los funcionarios, a pesar de que en su momento les llegaron también a ellos los recortes. Pero por lo menos cobraban a final de mes. Millones de ciudadanos se quedaron meses y meses sin cobrar. La mayor tortura para los habitantes de este país es la puta carta negra, que añade su luto a la esperanza. Mientras esas cartas sigan circulando mantendremos la moral en los pies. A mí el cartero sólo me enseña la puntita. Y cuando ve mi cara de espanto vuelve a meter el sobre en el morral. Y se va.

2. Aquí se paga por todo. Te compras un coche y pagas el IGIC, el impuesto de rodaje y algo así como el lujo, creo. Luego lo llevas a la península, para dejarlo allí, y te cobran el IVA, pero no te devuelven la diferencia con el IGIC que ya has pagado. Es una completa ladroniza. Te roban desde la misma Agencia Tributaria. Protestas y ni te contestan. Compras un reloj en la península, lo traes a Canarias y cuando llegas al aeropuerto no hay nadie que te selle la factura para que te devuelvan el IVA. Es un cachondeo, porque te devuelven el IVA, si encuentras al tipo, pero luego tienes que buscar a otro tipo para que te cobre el impuesto del Cabildo por el puto reloj. Te dan ganas de salir corriendo y de mandar el reloj a hacer puñetas.

3. La carta negra es una desgracia nacional. Su mero aspecto asusta, turba, aterra. Llegan en oleadas, como las golondrinas, después desaparecen un tiempo y luego recrudecen su presencia. Hay que ver la vigilancia a la que nos someten con poderosos ordenadores de los que es imposible escapar.