sociedad

La comisaría del horror

Imagen de 1975, meses antes de la muerte de Franco. De izquierda a derecha, Santiago Pérez, Arcadio Díaz Tejera y Andrés Doreste. | ARCHIVO DE S. PÉREZ
Imagen de 1975, meses antes de la muerte de Franco. De izquierda a derecha, Santiago Pérez, Arcadio Díaz Tejera y Andrés Doreste. | ARCHIVO DE S. PÉREZ

En la madrugada del 30 de octubre de 1975 seis miembros de la Delegación Especial de la Dirección General de Seguridad, acompañados de cinco guardias civiles del Servicio de Información, irrumpieron en el domicilio de Antonio González Ramos, en La Laguna, al que detuvieron en presencia de su mujer y sus cuatro hijos, de corta edad, por su vinculación a la Oposición de Izquierda (OPI), germen del Partido de la Unificación Comunista de Canarias (PUCC). González, trabajador de la empresa tabaquera Philips Morris, fue trasladado a los calabozos de comisaría, en el sótano de la actual Subdelegación del Gobierno, en la capital tinerfeña, donde fue interrogado por el jefe de la Brigada Social, el temido comisario José Matute Fernández, cinturón negro de judo, tercer dan, que contaba con varias denuncias por malos tratos. Entonces, el real decreto 10/1975 de prevención de terrorismo permitía detenciones de hasta 10 días en dependencias policiales (cinco, más cinco prorrogables) y se le aplicaba también “a quienes hicieran propaganda contra el propio real decreto”.

González Ramos, al que la Policía llegó a acusar de tenencia de explosivos, sufrió, con las muñecas esposadas, una brutal paliza. Según el sumario judicial, “la víctima recibió rodillazos en el estómago y una vez derribada en el suelo, el acusado se dejó caer con las rodillas sobre la caja torácica, fracturándole varias costillas y el esternón, causándole, además, el desgarramiento del hígado (…)”. Ante la gravedad de las heridas se avisó a un médico de la clínica Santa Águeda, próxima a la plaza Weyler, que solo pudo certificar la defunción a las 03.45 horas. Antes de confirmarse su muerte, un agente que prestaba servicio en los calabozos, ante el temor de que fuera implicado en el crimen, según las fuentes consultadas, puso el suceso en conocimiento del juzgado.

La versión de Matute asegurando que el detenido había muerto a causa de las heridas sufridas después de lanzarse desde el coche policial en marcha cuando circulaba por la autopista, se desvaneció por sí sola. El ensañamiento contó con la complicidad de un cabo primero de la Guardia Civil, que sería acusado como presunto encubridor. El policía jefe de la Brigada Social huyó a Venezuela y tras la muerte de Franco regresó a España, convencido de que la llegada de la democracia le perdonaría el delito. Fue procesado por homicidio y permaneció un año en prisión provisional a la espera de un juicio que nunca se celebró, porque, tal como preveía, la Ley de Amnistía lo dejó en libertad en octubre de 1977, reincorporándose a sus tareas como policía. Se dio la circunstancia de que durante la tramitación del procedimiento judicial el Ministerio Fiscal intentó renunciar a su competencia para que el caso pasara a manos de la jurisdicción militar, con el argumento de que uno de los detenidos, el cabo primero, tenía condición militar. El Tribunal Supremo lo rechazó.

La muerte de González Ramos generó una ola de indignación. | DA
La muerte de González Ramos generó una ola de indignación. | DA

Sobre Matute recaía una condena de cinco meses de arresto, seis años de destierro de la provincia y el pago de 75.000 pesetas por un delito cometido el 20 de septiembre de 1975 (40 días antes de la muerte de González Ramos) cuando “lesionó y coaccionó”, según la sentencia de la Audiencia Provincial, durante un interrogatorio al estudiante Julio Trujillo Ascanio, de 21 años.

DOS SESIONES DE PALIZAS
Esta semana, en Viva la radio (Canal 4, de 07.00 a 13.00 horas) dos personas que vivieron de cerca aquel suceso contaron su experiencia por primera vez públicamente. Santiago Pérez, actual concejal en La Laguna, y Arcadio Díaz Tejera, senador del PSOE por Gran Canaria, participaron en el encuentro radiofónico en el que compartieron con los oyentes recuerdos, emociones y hasta algunas lágrimas.

Díaz Tejera sufrió en propias carnes las torturas de Matute. “Me detuvieron y durante cinco días recibí dos sesiones diarias de palizas por parte de Matute, en el mismo lugar donde pocos días después moriría Antonio González Ramos. Me daba golpes por todos lados, a veces de frente y a veces por la espalda, cuando yo no tenía posibilidad de preverlo; me pedía información y, sobre todo, el nombre de compañeros”, recordó Díaz Tejera, que admitió que el resto de agentes no le tocaron. A sus 21 años ya formaba parte de una de las células de izquierdas que operaba en la clandestinidad. “Todo ese círculo fue detenido a raíz de la incorporación al mismo de un joven peninsular, aparentemente un activista contra el régimen, que resultó ser un infiltrado de la Policía”, apuntó Santiago Pérez. “Un testigo presencial -añadió- me contó una imagen que me acompañará siempre: dos policías arrastrando por los pasillos a Arcadio tras cada sesión de tortura. Lo llamábamos King Kong, porque pesaba 90 kilos y era muy fuerte. Uno de los nombres por los que preguntaba Matute era por el mío y jamás me delató. Eso nunca lo olvidaré”. Las palabras del actual concejal lagunero emocionaron al todavía senador, que, con voz entrecortada, lo agradeció en antena.

Panfleto original que repartía en 1975 la Oposición de Izquierda del Partido Comunista en Canarias. | DA
Panfleto original que repartía en 1975 la Oposición de Izquierda del Partido Comunista en Canarias. | DA

Díaz Tejera era consciente también de que de su silencio en los calabozos dependía regresar con su mujer que entonces esperaba su primer hijo. Santiago Pérez, que en aquel momento tenía 20 años, reconoció que escapó “por unos metros”. “Uno de aquellos días, llegando a casa de mis padres, me percaté de que había un coche policial camuflado que yo conocía, porque me llegué a aprender hasta las matrículas. Algunos compañeros ya me habían advertido de que los agentes iban enseñando por ahí una foto mía. Huí y estuve 15 días escondido, primero en Las Canteras y después en Santiago del Teide. Posteriormente me fui a Barcelona, donde estuve casi dos meses. Vivía como un espartano”.

Antonio González Ramos no corrió la misma suerte. “Él no podía huir como nosotros. Era un padre de familia, tenía cuatro hijos, y estaba obligado a ir todos los días a trabajar. Lo tenían localizado”.

Arcadio Díaz Tejera no puede olvidar el aspecto siniestro de Matute: “Era un putañero, con aquel bigote recortado tan típico de la época. Cada mañana llegaba y contaba sus conquistas amorosas de la noche anterior. No tenía escrúpulos”. El exdiputado del Común reveló en antena algo que, según confesó, guardaba en silencio desde hace 40 años: “Aquellas palizas me marcaron. Los golpes a traición por la espalda me han dejado secuelas psicológicas. Hoy sigo sin poder sentarme en una silla que esté de espaldas a donde está la gente. No lo he podido superar. Nunca lo había contado”.

Matute falleció hace 15 años. Su último destino fue la comisaría del barrio del Pilar, en Madrid. “Le deseo que descanse en paz, sinceramente lo digo”, afirmó Arcadio Díaz Tejera. Tanto él como Santiago Pérez coincidieron al señalar que en los meses previos a la muerte de Franco el régimen daba síntomas de gran nerviosismo y eso hizo que sus últimos coletazos fueran especialmente duros. “Hay un antes y un después de la muerte de Franco. A partir de 1977 empezó a aparecer gente en puestos de liderazgo político y social que yo nunca identifiqué como activistas contra la dictadura, pero eso es otra historia de la que podemos hablar otro día”, concluyó Pérez.