el charco hondo

Destiempo

Hay quien piensa, y escribe, que el destiempo son dos calles que nunca se cruzan, perder el tren, conocerse demasiado pronto o algo tarde. Destiempo es, en las Islas, no caer en la cuenta de que el cielo se nos ha tropicalizado y que debemos aprender a convivir con fenómenos más agresivos, capaces de desplazarse o golpear con mayor virulencia; y que, siendo así, la respuesta no debe ser cerrar Canarias cada vez que llueve (si aplicaran en Galicia el criterio de suspensión de la actividad escolar de por aquí, los gallegos crecerían sin saber leer o escribir).

Estos días ha llovido. Ha corrido el agua. Se han formado charcos. Nada que años atrás no se arreglara con sentido común y botas de agua. La tormenta de estos días ha sido, en realidad, otra. El problema es que empapó despachos recién estrenados. El destiempo, en algunas administraciones, fue bloquearse mientras miles de vecinos despertaban atrapados (en Telde o Las Palmas, especialmente) en colas de final incierto. Destiempo es delegar toda la decisión, de salir o no, ir o no, moverse o no, en éste o cualquier Gobierno; porque, vale que sea responsabilidad pública contar lo que pasa, pero no lo es menos que siendo adultos también a los vecinos nos corresponde poner de nuestra parte tomando decisiones que no sean al dictado. Metidos en el charco, el pecado en esta ocasión se movió más en el terreno de las infraestructuras que en el de los avisos (¿o acaso debemos dar por bueno que un rato de lluvia lo inunde todo?, ¿o no será más lógico volcar la indignación en exigir mejoras en los puntos negros, amortiguando así el impacto de fenómenos cuyas consecuencias no pueden evitarse al cien por cien ni aquí ni en Hamburgo?). El destiempo son decisiones que, en el caso de las tormentas, a veces pisan situaciones que no se dejan gestionar con precisión, es verdad; ahora bien, admitido esto, destiempo es que una viceconsejera de Seguridad necesite más de cuatro meses para aprender que las alertas no tienen color.