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Dieguito ‘el Mariposo’

1. Bajaba desde La Orotava al Puerto de la Cruz con su paso delirante, una boina, zapatos de Charlot y un traje gris raído, que le quedaba largo. Y actuaba en los zaguanes, apoyado en su bastón. “Baile, don Diego”, y por una peseta, acaso por un real, el hombre del traje gris se ponía a bailar claqué, se quitaba al final la gorra y la alargaba a los burlones para que depositaran en ella una moneda. Algunos no le daban nada. Dieguito el Mariposo era un hombre con dignidad y mostraba su enfado cuando lo llamaban por su apodo. Los chiquillos no eran crueles con él. Don Diego, le decía yo, que respetaba su trabajo de artista y le entregaba, puntual, la peseta que mi abuelo destinaba a una actuación que mi abuelo jamás presenciaba. Nunca supe cuál fue su final; al mismo tiempo que bailaba, él mismo cantaba una canción de letra ininteligible, quizá un viejo vals, quizá una pieza de claqué de los años veinte, quién sabe. Creo que actuaba los domingos, cuando los domingos existían, que ahora han desaparecido con el fútbol televisado y la misa del sábado por la tarde.

2. Vivía en un asilo y nadie sabía quién había sido realmente, si un niño del torno, si un virtuoso de la música, si un bailarín de medio pelo, si un aristócrata venido a menos. Nadie escribió su biografía, porque él tampoco la dictó, pero ahora ha venido a mi memoria aquel hombre del traje gris que bailaba en los zaguanes de mi pueblo. Lucía un traje de otro, curtida la tela en mil batallas, quizá procedente el terno de una casa bien de La Orotava. Dieguito el Mariposo tenía andares de fina estampa y se ayudaba de su bastón para que el baile demasiado frenético no diera con sus huesos en el suelo.

3. Lo veo ahora, con su andar acharlotado, tambaleante e infeliz, rumbo a las casas pudientes, para arrancar una moneda y una sonrisa. Y con el deseo, seguro, de que no le faltaran al respeto. Don Diego, querido amigo, está usted en el Cielo, sonriéndole a los niños que le miran cómo baila el claqué; anoche soñé con él, haciendo aquella reverencia del final de su actuación, que un día quedó paralizada por la muerte. Lloraba cuando alguien le ofrecía y no le daba. Y con tres o cuatro pesetas en el bolsillo regresaba a su asilo orotavense, valiéndose de su bastón.