tribuna

El glaucoma, una enfermedad silenciosa – Por Alfredo Amigó

El glaucoma es una de esas enfermedades catalogadas como silenciosas porque avanzan sin hacer ruido, sin síntomas, sin que el paciente se percate de que hay un problema… hasta que es demasiado tarde. En mis primeros años como profesional comprobé como esta enfermedad es de un avance tan lento y sus síntomas y signos iniciales son tan poco evidentes, que incluso me hacía dudar de su propia existencia. Hoy, veinticinco años después, he podido ver cómo el lento, pero inexorable e irreversible, avance de la enfermedad sin el tratamiento adecuado es un motivo recurrente de tristeza en la práctica diaria.

El glaucoma se caracteriza por la lesión progresiva del nervio óptico, “la fibra óptica” por la que se transmite la visión desde el ojo hasta el cerebro, desembocando inicialmente en una reducción de la visión periférica y llegando con el tiempo, en ausencia de tratamiento, a una afectación grave que puede dañar la visión central y provocar ceguera. Si bien es cierto que esta enfermedad no tiene cura, lo que si hacemos es tratarla para detener su avance, conservando así una visión útil durante el resto de la vida. Por ello es primordial buscar y detectar precozmente el glaucoma. Si la enfermedad se encuentra en uno de sus primeros estadíos, su abordaje será por lo general más sencillo y eficaz.

El glaucoma no es una enfermedad rara, afecta a un 2% de las personas mayores de 40 años, pero debido a su marcado origen genético la frecuencia es aún mayor entre familiares consanguíneos de los pacientes afectos. El 12% de los casos de ceguera en el mundo occidental son debidos actualmente a esta patología. Sin embargo, y a diferencia de otras enfermedades, existe una escasa concienciación en la población general sobre la importancia de prevenir el glaucoma. De hecho, es improbable su detección mediante los exámenes de rutina que realiza el médico general y con los protocolos médicos actuales. Siendo, por tanto, la valoración del especialista oftalmólogo casi imprescindible para detectarlo. Por ello, para prevenir el glaucoma insistimos en la importancia de tenerlo muy presente y realizar revisiones oftalmológicas periódicas de manera sistemática a la población general sobre todo tras superar la barrera de los 40 años.

La elevación de la presión ocular, diferente e independiente de la presión arterial, es el signo que con mayor frecuencia se asocia con la presencia de las diferentes formas de glaucoma. Normalmente se entiende como presión intraocular normal aquella situada entre 12 y 21 mm. Hg. (milímetros de mercurio). Sin embargo en esta enfermedad las excepciones a la regla son desafortunadamente frecuentes. En algunas personas, una presión ocular “normal” puede estar ocasionando daños en su nervio óptico y pasar inadvertidos si no se valoran otros parámetros, una condición que se denomina glaucoma de tensión normal. Es por este motivo, entre otros, por lo que resulta tan difícil detectar en ocasiones el glaucoma. Por el contrario, en otras personas, una presión ocular elevada o mayor de 21 mm. Hg. no llega a producir daño en el nervio óptico no existiendo por tanto glaucoma.

Por tanto, lo esencial en esta enfermedad es el daño progresivo del nervio óptico que suele acompañarse, aunque no siempre, de tensión ocular elevada. Se trata de una afección que supone un auténtico reto para los profesionales y para los mecanismos de prevención sanitaria en la población. Para luchar contra esta enfermedad la mejor estrategia pasa por un pronto diagnóstico que permita frenar el avance cuanto antes. Esto obliga a los oftalmólogos a estar permanentemente en continua formación y a estar al día en cuanto a adelantos tecnológicos se refiere. Además de grandes avances en las estrategias para realizar campos visuales, el poder tomar y analizar imágenes retinianas y del nervio óptico con precisión se ha revelado como casi imprescindible en la detección precoz del glaucoma cuando el daño es inicial. De entre estas nuevas herramientas destaca la OCT, siglas de tomografía de coherencia óptica, que permite ya no sólo valorar el estado de la cabeza del nervio óptico y sus fibras nerviosas, sino cuantificar otras estructuras sensibles tales como la capa de células ganglionares que pueden afectarse de manera precoz en estos pacientes y que resulta imposible de cuantificar de manera objetiva por otros métodos.

El objetivo del tratamiento del glaucoma es evitar que se produzca un daño irreversible en la visión, y de manera general está basado en la disminución de la presión intraocular. Aunque la presión ocular es sólo una de las causas del glaucoma, reducir esta presión es el tratamiento más eficaz y frecuentemente utilizado. Los tratamientos son de cuatro tipos: medicamentos, láser, cirugía o una combinación de los anteriores.

Los medicamentos para el glaucoma se administran principalmente en forma de colirio o gotas oculares que reducen la presión ocular, si bien deben administrarse de forma continuada para que resulten eficaces, por lo que el exacto cumplimiento por parte del paciente resulta imprescindible. Cuando el tratamiento con gotas no es capaz de detener la progresión está indicado el tratamiento quirúrgico. Toda operación tiene un riesgo de complicación. No obstante, si la cirugía es ya necesaria, el riesgo de pérdida de visión en caso de no operarse supera con mucho al de las posibles complicaciones de la cirugía del glaucoma.

En cualquier caso, la detección precoz continúa siendo sin duda el mejor tratamiento del glaucoma.