después del paréntesis

Homosexualidad

Tiene 43 años y su declaración fue rotunda: “Quiero que la Iglesia y mi comunidad sepan quién soy: un sacerdote homosexual, feliz y orgulloso de la propia identidad”. Lo cual quiere decir que hay sujetos en este mundo a los que ni las más complejas circunstancias los obligan al ostracismo y a la represión.

Es un acto de valentía, de responsabilidad y de compromiso este del clérigo polaco Krzysztof Charamsa. En dos partes se asienta la confesión del que fuera oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe, secretario adjunto de la Comisión Teológica Internacional del Vaticano y profesor en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma: la identidad sexual es innegociable; la particular también. Cada uno es lo que acepta ser, y nadie tiene derecho a coaccionarlo, ni los particulares, ni el Estado, ni la Iglesia. Se aduce lo dicho por la actitud de Charamsa y por otra constatación que no debe pasar desapercibida: se precisa “feliz”. Lo es porque la abstinencia del amor, a que la iglesia católica conduce a sus ministros, es inhumana. Sobre todo cuando se constata el disfrute con una persona de la que no solo estás enamorado sino que te corresponde, y que eso es uno de los encuentros más extraordinarios de la vida. La iglesia puede aducir que la bendición se encuentra en otra parte, que el sacrificio acompaña a los ministros abnegados y sabios en el deber eclesial como este, que de ello depende la vida eterna junto a su Dios. Pero lo que Krzysztof Charamsa desvela es la preferencia que no denuncia su condición de creyente e incluso de pastor. Se llama Ernest y es su pareja.

Hablamos de lo que al común de los mortales le resulta familiar y primoroso, en tanto seres sociales que somos, seres que nos desplazamos hacia otros y que no abdicamos del cariño y del placer. En esa circunstancia, dado el credo y los mandatos de la Iglesia en cuestión, el ser apartado de su oficio, de su trabajo, el ser cuestionado en su fe o incluso en su vocación es incuestionable. Pero Krzysztof Charamsa es uno y no dividido, ante sí mismo y frente al celo canónico. Esa es la consecuencia. Lo confirmó en comparecencia pública junto a su novio, que allí estaba porque esto es cosa de dos: por ahí no pasaré.

El que es poeta, teólogo y filósofo pone a la Iglesia Católica contra las cuerdas. Lo que le manifiesta no es que ha perdido las gracias ya dichas, de pastor, de teólogo o de sacerdote, y que por eso se retira del clero para cobijarse en el mundo; lo que le comunica a la Iglesia es que no está dispuesto a repetir, su conciencia y su obligación para con su compañero se lo impiden, no está dispuesto a repetir lo que ha sido habitual desde hace mucho tiempo en la Iglesia: el pecado que no se vea, que no se haga público. La corrupción en la Iglesia Católica ha sido un santo y una seña, como se sabe por las últimas noticias de la curia en la sede romana, por ejemplo. Y que el aceptarse cual se es, el recusar por impropia y bárbara la consideración de anomalía diabólica la homosexualidad no denuncia a la homosexualidad, denuncia a quien se empecina en condenar lo que ni debe condenar ni se le tolera condenar.

El dislate del celibato sentencia el incurioso camino que la Iglesia Católica condena, acaso con la pederastia como corolario, y también la cuerda misma en la que se cuelga: matrimonio en felicidad hombre-mujer, que es familia, la única familia. De lo cual se deduce el adverso racimo ideológico de la iglesia y su intratabilidad: no es que no se encuentren en el mundo, el mundo es la materia de su procacidad.