cuestión de grises

Horas de abismo – Por Indra Kishinchand

Aquella tarde dijo que sus próximas tres horas serían para mí.

Y lo peor de todo es que le creí, como cuando todos me decían que la vida saldría bien. Ellos sabían, al igual que yo, que me estaban mintiendo, pero nadie era capaz de enfrentarse a la verdad del mundo que estaba por venir. Por eso era mejor asentir y callar; disfrutar de lo que nunca sucedería y arrasar con la ignorancia a fuego lento.

Antes de aquella tarde nadie me había confesado que me regalaba su tiempo. Sé que muchos lo hacían aunque no me dijeran nada, sin embargo, yo solo era capaz de agradecerlo, precisamente, desde el silencio; pensándoles con la mirada firme. Sé que eso nunca sería suficiente, pero nada lo era y más valía aceptarlo a tiempo que pasarse la vida angustiado con la posibilidad de ser. Porque el problema de todo aquello no era no creer, sino no querer creer y sentir ese desconsuelo de poeta arruinado, de alcohólico en la barra del bar, de viajero sin trayecto. Aquellas tres horas de su vida fueron parte de la mía y ahora ya nadie va a poder dudarlo, y, aunque lo hagan, sé que sucedió. Aunque él lo niegue, sé que existió un tiempo y un lugar en el que olvidamos que, por algún desconocido motivo, el mundo seguía girando.

A día de hoy me gustaría que todas mis horas compartidas fueran así, enteramente dedicadas a quien está al otro lado de mi abismo. Soy consciente de que al final de la jornada únicamente me quedaría con mi conciencia, si que es que la conservara, y con mis recuerdos, si es que no me fallase la memoria. No obstante, al menos habría sido honesto con el tipo que me observa cada noche mientras duermo.

Justamente solo a él he sido capaz de admitirle que cuando escribo un texto y quiero cambiar una palabra tengo que reescribir el párrafo que la contiene aunque solo la reemplace a ella. Tal vez sea un intento por olvidar el pasado que siempre se queda en lo mismo, en un intento. Solo a él le he confesado que cuando no encuentro la inspiración cierro los ojos y escribo, aunque no sé muy bien si soy yo o la musa que vuelve. Quizá la oscuridad sea lo que mejor le siente incluso a la luz del día.

A pesar de todo, ni siquiera a él he sido capaz de revelarle que tengo miedo de que todos me dediquen tres horas de su vida. Si se acuerdan del tiempo que fue es que fue demasiado poco, y eso significa que solo vienen para dejarme el salón repleto de historias en blanco y una caja de cerillas, como diciendo “ahora te toca a ti, puedes pintar con llamas o arrasarlo todo”.