nombre y apellido

Jonathan González

No fue, desgraciadamente, el regreso soñado porque un sicario desconocido y por causas aún no reveladas le disparó a quemarropa al atardecer del último domingo de agosto, a la puerta de un comercio de ultramarinos de su propiedad, que no respondió con resultados a las ilusiones que puso en su apertura. Natural de Tazacorte, se llamaba Carlos Jonathan González Pérez (1984-2015) y, desde hacía dos años, residía en Guadalajara del Buga, Colombia; vivía con su compañera Erika Hoyos Ramírez y, ante las dificultades que frustraron la aventura americana, sus familiares palmeros le remitieron un billete de vuelta para mediados de septiembre. Regresaron sus restos en un ataúd blindado, gracias a la diligencia de Antonio Hernández, los familiares y las autoridades españolas que atendieron su desesperada reclamación, y ya reposa en el cementerio de su pueblo, junto a su padre, fallecido cuando él era un niño. Este suceso -uno de los tantos que, a lo peor, ni aparecen en las gacetillas de la prensa local del país suramericano, castigado por la guerrilla y el narcotráfico- conmovió a la sociedad insular, curtida en los sacrificios históricos de la emigración, que se olvidaron en las felices horas de bonanza y volvieron, con toda su crudeza, en las tristes y lentas horas de la crisis. La crónica de amor y muerte de Erika y Jonathan comenzó con la llegada de ella a La Palma, junto a su familia y en busca de nuevas posibilidades; continuó con la emigración de ambos, ante la falta de oportunidades en la isla que ha pagado las peores cuotas de la recesión; y concluyó con la instalación sin éxito en la localidad colombiana y el asesinato alevoso (por encargo, robo o ajuste de cuentas, quién lo sabe) de un joven animoso que, para ganarse la vida, había ensayado todos los oficios, barman, obrero manual, comercial, árbitro federado, modelo. El sacerdote Antonio Hernández, rector del Real Santuario de las Nieves y director del Proyecto Hombre, que tuteló desde hace décadas a la numerosa familia del joven (madre viuda y ocho hermanos), ofició un emotivo funeral en la parroquia de San Miguel, abarrotada de fieles; en presencia de las autoridades locales e insulares a las que agradeció su apoyo solidario en la repatriación del cadáver (que contó también con los buenos oficios del ministro Soria) y, desde la fe y la esperanza, cerró un triste episodio característico de los tiempos difíciles que, por lo menos, aquí salió en los periódicos.