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Jorge Bergoglio

Desde que inició su pontificado, entre la sorpresa y la alegría, por primera vez se oyeron y se leyeron algunas críticas a las decisiones y actuaciones papales. También y porque todo hay que decirlo, el viaje a Cuba y a la superpotencia norteamericana parecía, y fue, la primera gran exigencia para un pastor de la iglesia y un jefe de Estado que, pese a la mínima superficie de su jurisdicción, tiene un protagonismo moral incuestionable en la problemática contemporánea. Los críticos acérrimos -algunos en la propia curia rebajada en el mando y en diócesis integristas- censuraron la prontitud de su breve gira cubana porque, pese a lo llovido y lo que queda por caer, no bajaron el diapasón de su alineamiento con el pasado ni cuentan con los gramos de evangélica tolerancia para caminar por las realidades actuales; y los tibios, acaso los peores porque flotan en todos los fluidos, comentan, a viaje concluido, las prioridades de territorios más conflictivos y estratégicos -¿por qué no a la Venezuela de Maduro donde las libertades públicas viven malas horas?- que no tuvieron la agudeza o valentía de proponer antes. Un sacerdote argentino que, de cuando en cuando, visita las islas y regularmente me escribe, me advirtió que Jorge Bergoglio, todavía cardenal era un hombre inteligente y bueno y, sin ningún matiz adversativo, astuto. Bien porque acaso esa cualidad es la que, en el Vaticano y en la calle -donde abundan los astutos a secas- garantiza la supervivencia activa que se impone a los recelos, las intrigas y las conjuras que, para que todo marche, se tienen que combatir con las mismas armas, sin mala fe pero sin ingenuidades peligrosas para la persona y la causa -nada menos que la renovación de la iglesia- y sin aspavientos. Porque nada es gratuito, salieron suspicacias, carraspeos y cuchicheos detrás de las cortinas y en medios afectados por esos modos, a causa de su paseo triunfal por Usa, sus intervenciones en la Onu y en el Congreso del país más poderoso. Ahí chocaron en hueso porque, en el recuerdo de los historiadores y la prensa con memoria, reapareció la figura ilustre y maltratada de Pablo VI -al que Francisco citó y leyó en su memorable discurso de apertura de la Cumbre del clima-; el papado emergió con un peso intelectual y, por ende, con una jerarquía moral inédita desde los quince años de Montini. Y es bueno y sano que los mandatarios del planeta conozcan la estatura real del sucesor de Pedro.