apuntes de patafísica

Kiribati

Empeñado como estaba en apaciguar las certidumbres de las horas previas al desayuno, había hallado una especie de argumento contra ese brote nacionalista que en ocasiones le asaltaba: Kiribati. Leyó que esas islas del Pacífico, el primer lugar habitado del planeta que celebra el año nuevo, tienen muchas posibilidades también de ser las primeras en recibir al apocalipsis, pues el calentamiento global hará, más pronto que tarde, que las aguas consuman todo lo que hay de fronteras para adentro en dicho territorio de coral y lava sólida. Tanto es así, que ese destino inexcusable ha movido a las autoridades kiribatianas a sopesar la idea de comprar suelo a otros Estados para realojar a la población -algo que quizás, de forma colateral, contribuirá asimismo a llenar de estímulos las últimamente anodinas jornadas laborales de los geógrafos-. Entonces, al menos por unos instantes, sus recurrentes sentimientos patrioteros perdían sentido, se volvían esponjosos, se licuaban y acababan por salir, no sin trazar antes unas curiosas volutas, por debajo de la puerta. Lo que le permitía respirar un poco mejor, o eso le parecía. Cierto es que esa falta de convicciones no era un motivo de orgullo y el expresarla le había causado algún que otro problema entre sus conocidos, a los que, por otra parte, estimaba bastante. Vivir en permanente contradicción hacía, por ejemplo, que se contemplase a sí mismo con cierta perplejidad cuando se emocionaba con los triunfos deportivos de las selecciones nacionales del país que figuraba en su documento de identidad o que sintiese algo indistinguible de la alegría cada vez que regresaba al lugar donde había nacido, pero también que sintiese afinidad hacia El desertor que cantaba Boris Vian, o que suscribiese aquello de que “la música militar nunca me supo levantar”, que entonó Brassens y parafraseó Paco Ibáñez. De manera que para burlar al relativismo e intentar seguir caminando, se construyó un artilugio bastante rudimentario y siempre revisable, basado en un, digamos, nacionalismo de los afectos, con la firme voluntad de llegar a ser alérgico al chovinismo. Lo que no era mucho. Pero era algo.