nombre y apellido

Manuel Gutiérrez Aragón

Aunque uno es de buena boca y capaz de consumir, sin drama, los astracanes seriados de Santiago Segura -mejores que las españoladas y los tostones fachas de Muñoz Seca-, vemos como una paradoja sangrante que las chapuzas casposas de Torrente amenacen, como Cuéntame, con prolongarse hasta el infinito y más allá, mientras creadores como Manuel Gutiérrez Aragón (1942), miembro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando (2014), estén en el paro por falta de productores que crean en la inteligencia. Con participación decisiva en una treintena de títulos que están en la cumbre del cine español, dejó registros personales -Habla, mudita, con el que ganó el Premio de la Crítica del Festival de Berlín, El corazón del bosque, Maravillas, Demonios en el jardín, La noche más hermosa y La mitad del cielo- que lo confirmaron como el mejor director de su generación. Probó suerte con éxito en el teatro; escribió para el Centro Dramático Nacional Morirás de otra cosa y dirigió la versión que Peter Weiss realizó sobre El proceso de Kafka, además de dos óperas sobre textos de Lorca que pasaron por el Festival de Granada y La Fenice de Venecia.

Con talento celebrado en la novela con La vida antes de marzo, Premio Herralde, y Gloria Mía, editadas por Anagrama en los últimos tres años, ahora nos regala un texto capital -A los actores- que, entre las reflexiones estéticas y los recuerdos íntimos, pone en valor a los intérpretes, desde los fundamentales Fernán Gómez, Fernando Rey, López Vázquez y Alfredo Landa, a profesionales de menor nivel -Juan Luis Galiardo, Eduardo Noriega, José Coronado y Óscar Jaenada-, a los que arrancó sus mayores dotes expresivas y lanzó en el oficio, y a sus musas -Ángela Molina, Ana Belén y Clara Lago-, caracteres raciales vinculados a sus trabajos más exigentes. Reivindica “a los imprescindibles actores como una obligada reivindicación, porque en todas las escuelas de cine y en las grandes teorías sobre su lenguaje -y vale la pena citar a Umberto Eco y a Pier Paolo Pasolini- los actores quedan al margen, son agentes colaterales”. Sin embargo, “el primer conocimiento de una película es un acontecimiento carnal, la cara y el cuerpo del actor o la actriz, ya vistos en otras películas, en otras historias, convertidos poco a poco en amigos”. Este hermoso alegato llega, precisamente, poco después de que el autor ocupara, con justicia, el sillón F de la Real Academia que dejó vacante el inolvidable José Luis Sampedro.