el charco hondo

Maratón

El minuto que separa lo que conoces de lo que viene después; y lo que sigue es gestionar sensaciones que únicamente pueden vivirse si se sobrevive a los primeros treinta kilómetros. La hora que precede a la meta es lo que convierte al maratón en una experiencia diferente, adictiva. En un libro prescindible, pero tentador para quienes corremos, Haruki Murakami lo resume en la idea de atravesar algo. En De qué hablo cuando hablo de correr, Murakami explica que cuando alcanzas ese kilómetro, el que separa lo conocido de lo que nunca llegas a conocer del todo, atraviesas algo. Hay otras formas de atravesar algo, se sabe, pero ésta es la que hemos descubierto quienes corremos maratones. Lo que convierte al maratón en algo especial son los diez o doce kilómetros finales. La magia se concentra ahí. El esfuerzo que requiere no dejarte vencer por el sufrimiento convierte esa parte del recorrido en un túnel. A oscuras decides, dosificas, mides, calculas y, sobre todo, corres soñando cada milésima de segundo con vencer al túnel y alcanzar el cartón que indica 40 kilómetros, a solo dos del final. Antes, durante los treinta kilómetros iniciales, hay que cumplir milimétricamente el plan establecido. No cabe improvisar o perder la concentración. Ayer corrí el maratón de Lisboa y, siendo mi cuarto, lo afronté con el respeto de la primera vez, con las ganas que genera la posibilidad siempre latente de que sea el último. Paco (Peláez) y Francis (Torres) han prometido reagruparnos en el de Roma, en abril. Iremos, lo haremos para vivir otra vez la magia que el maratón muestra a quienes se han ganado la hora que precede a la meta. El momento más duro que recuerdo fue en el kilómetro 37 del maratón de Praga. Nunca tanta concentración y sacrificio. Nunca, antes o después, lo he pasado peor. Nunca, antes o después, lo he pasado mejor gestionando aquel infierno de dolores y cansancio. Atravesar algo. Sobrevivir al minuto que separa lo conocido de lo desconocido.