El dardo

Mas, imputado

Es muy fácil apelar a la “inoportunidad política” o a la “torpeza de judicializar la política” para descalificar la tardía -la querella fue presentada hace ya nueve meses- imputación del presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas, por la comisión de cuatro delitos -desobediencia grave, prevaricación, malversación de caudales públicos y usurpación de funciones- al convocar el referéndum de autodeterminación celebrado el 9 de noviembre de 2014, que había sido suspendida por el Tribunal Constitucional.

Es bien cierto que en Cataluña existe un problema político serio que requiere diálogo, comprensión y serenidad; pero también se da en ese territorio, desde hace años, un abierto desafío a la Justicia, con la desobediencia y el incumplimiento consciente de las leyes y las sentencias de los tribunales sin que hasta ahora se hayan producido las consecuencias propias de un Estado de Derecho. Para evitar arbitrariedades y abusos, la democracia se ha dotado de un componente fundamental, el imperio o primacía de la ley -gobierno de las leyes antes que de los hombres, en su sentido clásico-, que prima sobre cualquier otro. Este es el marco que limita el ejercicio legítimo del poder. Pues bien, Mas ha superado esa barrera y es lógico que las autoridades judiciales le exijan responsabilidades. No se explica tanto retraso ni, menos aún, la apelación a que con él no se quería interferir el proceso electoral; la Justicia es un poder independiente y debe actuar en todo tiempo y lugar al margen de circunstancias o intereses de cualquier naturaleza. Existen razones sobradas para que, por encima de “inoportunidades coyunturales” o deseables soluciones políticas, quienes violan las reglas del juego democrático o incumplen las sentencias respondan por sus actos, aunque, igual que Mas, lo justifiquen como “rebelión democrática!. Solo falta que triunfe la ley de la selva y que el presidente de Cataluña, máximo representante del Estado en ese territorio, se convierta en traidor, haga de su capa un sayo, organice una consulta sobre la secesión y luego pretenda irse de rositas. Mas es un cadáver político que debió dimitir el pasado domingo tras conocer que -pese al triunfo en escaños- había perdido el plebiscito sobre la independencia en que él mismo convirtió las elecciones.