el charco hondo

Muflones

El muflón no sabe a qué atenerse. Mil veces ha pisado, olido e incluso meado las flechas rojas, y nada. Conoce el parque palmo a palmo, pata a pata, cuerno a cuerno, pero no tiene muflonera idea de qué o para qué son las flechas que han florecido por todas partes en el Teide. Atendiendo a sus hervíboros impulsos, intentó comerse la flecha, por eso se le ha visto estos días paseando con los labios pintados de rojo. El muflón no descarta ninguna hipótesis. Entre otras, que alguna planta autóctona, entrenándose para el Bluetrail, haya tenido la artística idea de tatuar con espray los roques de García. Sabe el muflón, porque lo sufre, que el hombre es el único animal que pinta dos veces la misma piedra; y, entonces sí, por fin, justo en ese momento el muflón empieza a comprender. Y piensa, generoso, que pudo ser bastante peor. Según el muflón, si en vez de un problema de desorientación el corredor sufriera incontinencia lo mismo habría construido baños públicos en los kilómetros diez, veinticuatro y treinta del recorrido (con flechas verdes para llegar al baño y azules para volver a la carrera, faltaría más). Al muflón le llama la atención el tamaño de las flechas; barrunta que el grafitero debe tener gafas de cerca. Hay algo que el muflón ignora. En lo que constituye una radiografía del limbo competencial, no se sabe qué Administración debe arreglar lo de las flechas. Tal cual. El proceso de transferencia del parque no se ha completado, con lo que no se descarte que acaben creando una comisión interdepartamental para decidir quién las borra. Respecto al autor de las mismas, sinceramente, y bromas aparte, hay que presumirle buena fe. Torpeza, vale; una gamba descomunal, de acuerdo, pero no veo mala fe por ningún lado. Que no se le estigmatice. Metió la pata, eso es todo. Ahora bien, ojo. O borran ya el espray o el sábado de la Bluetrail cruzarán la meta decenas de muflones que, animados, echaron a correr siguiendo la dirección que marcan las flechas.