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El Natero – Por Luis Espinosa García*

Trae a mi memoria múltiples imágenes, tanto de gozo como de dolor, pero no es culpa suya. La primera visión que tengo de él es muy agradable: las aguas de una galería bajan por su cauce para, desprendiendo anhídrido carbónico, depositar allí por donde pasan, carbonato de calcio. Mineral que tiñe de blanco arenas, piedras, hierbas y arbustos, al tiempo que, lógicamente, los calcifica, haciendo quebradizas las plantas y formando minúsculos estanquitos que se escalonan en su curso al mar. En una primera curva la pared de piedra detiene el líquido formando una poza de cierta profundidad donde mi hija mayor se zambulló en una ocasión. Casi frente al gran charco se aprecia el negro agujero del túnel, el primero de ellos, que sale a otro barranco, el de Masca. Pasa el tiempo. La cal ha desaparecido, el agua, ya limpia al tiempo que domeñada, marcha por canales y atarjeas. Aún cerca de la salida de la galería existe un depósito donde más de uno se da un baño los días calurosos. El barranco sigue hasta el mar, al que encuentra en una pequeña ensenada. Pero antes, en la ladera desde donde se otea el océano, aparece otro túnel. Si lo sigues también te asomarás al barranco de Masca, mas procura no padecer de vértigo, pues a tus pies, a más de doscientos metros, se ve el fondo del citado barranco. Desde allí se puede llegar al barrio de Masca bordeando la ladera. Lo hice una vez, no le aconsejo a nadie que lo repita. En la ladera de este barranco del Natero, la que da a Masca, se pueden contemplar magníficos ejemplares de cardones, rodeados ellos de tabaibas innumerables. Es una ladera suave moteada de verdes contra los oscuros tonos del resto de la formación. Y, no lo olvidemos, se puede distinguir algún que otro drago, semiescondido entre roquedales. Y el Guelgue. La ladera del otro lado no habla, no dice, no cuenta. Está callada. Ya en el siglo XXI, una fresca mañana, partimos de Araza donde dentro de unos corralejos se amontonaban cientos de cabras (por lo menos esa impresión nos dio) y bajamos y bajamos y, pasada la galería que antes nombré, alguien cayó al fondo del Natero. No se asusten, no podían ser mas de tres o tres metros y medio, si bien el accidentado sufrió un golpe en la cabeza y lo sacó un helicóptero. El resto del grupo, a falta de quién les guiara, se perdió. Pero eso es otra historia. El neurocirujano que atendió al lesionado dijo, al ser preguntado por el pronóstico: “Más tonto de lo que era no va a quedar”. En vista de lo cual, se dedicó a escribir sobre barrancos. ¿Venganza, tal vez?

*MEDICO Y MONTAÑERO