el charco hondo

Pasaporte

Importando poco que el epitafio sea una invención, una de las tantas que florecen en el fértil campo de las leyendas urbanas (que es falso, vaya), el “perdonen que no me levante” que siempre se atribuye a Groucho Marx viene al caso. Tanta exaltación -engordada por el lío catalán- tiene a los contribuyentes del lugar soplando en el españolímetro, examinando el patriotismo de cada cual. Bueno o malo, peor o regular, a la pregunta de si se siente uno español, noruego, canario o irlandés, pues, en fin, que van a perdonarnos si unos cuantos no nos levantamos. No nos sale. No vibramos porque, poco dados a las banderas, el sentimiento de pertenencia lo convivimos con sosiego, sin sofoco, tranquilamente. Ser español es un montón de cosas, vale, de acuerdo; ahora bien, mejor serlo sin hacer ruido. Como apunta Javier Gomá, ser español es una forma entre muchas de estar, beber de una tradición que bien pudo ser otra. Cierto, y aún más certero cuando se describe con la serenidad que requiere o con la madurez de Soledad Puértolas hablando de lenguaje y culturas compartidas. Somos unos cuantos los que nos quedamos con la condición de ciudadanos; y, partiendo de esa premisa, abrazamos la forma en que lo contaba Vázquez Montalbán, que veía a los españoles como un montón de gente a la que nos ha pasado un montón de cosas (así lo dijo; o más o menos así). Nada más. Nada menos. Sin exhibiciones. Sin pitos. Sin alardes. Sin que un carnet por puntos dé o quite, premie o penalice. Unos cuantos nos sentimos cómodos compartiendo esta forma de estar, participando de una manera de ser perfectamente compatible con otras, sintiéndonos tan españoles como chilenos, portugueses o franceses porque somos de allí donde los afectos nos llevan, ciudadanos de un país que el mapa sitúa donde cada mañana abren los ojos aquellos que queremos, respetando, abiertos a comprender sin mirar el pasaporte. Quienes estos días examinan de españolidad que nos perdonen por no levantarnos.