El dardo

Podemos, a la baja

Me siento en las antípodas ideológicas de Podemos, pero reconozco que este joven partido, y algunas de sus marcas blancas, ha tenido la virtud de actuar como revulsivo ante la corrupción que desde hace años impregna buena parte de nuestro sistema político. Durante meses, esta formación, que ya diera la sorpresa en las elecciones al Parlamento europeo al obtener cinco diputados, llenó de ilusión a buena parte del país. Muchos ciudadanos vieron en Podemos la fuerza, la imaginación y la ilusión propias de la juventud, un deseable relevo generacional y una fuerte carga social con la que trataba de compensar los efectos de una crisis económica demoledora con los más débiles. El uso inteligente de las redes sociales y la proyección de una imagen nueva, abiertamente rebelde y contestataria con los fallos del sistema, dio alas a Podemos, hasta el punto de que hace un año se convirtió en el primer partido de España en intención de voto. La sobreexposición pública de sus líderes, los atisbos internos de corrupción y manejos sucios y la inevitable toma de postura sobre determinados asuntos polémicos pusieron de relieve el populismo, la candidez y la inviabilidad de muchas de las propuestas de Podemos, junto a un extremismo radical con carga revolucionaria y antisistema. Las soluciones a la griega y los discursos de corte bolivariano y leninista de sus líderes se tradujeron en unos pobres resultados en las elecciones catalanas. Las posturas de un Pablo Iglesias demagogo, soberbio y vanidoso, unidas a su inadmisible postura sobre la fiesta nacional, han acabado por arruinar las expectativas electorales de Podemos. Al partido no le ha quedado más remedio que rectificar otra vez sus propuestas electorales y reconocer, a través de su número tres, Carolina Bescansa, que a día de hoy, aun considerando la enorme volatilidad del voto, no está preparado para gobernar, ni tampoco en condiciones de liderar un proyecto creíble. Se trata de una cura de humildad obligada por la inapelable realidad de los hechos y el mal ejemplo que está dando en las corporaciones en que gobierna. La rectificación debería completarla con una dialéctica menos agresiva y un discurso que no asuste a sus potenciales votantes, más aún si quiere convertirse algún día en alternativa de Poder.