apuntes de patafísica

Políticos en zapatillas

“Hay, hermanos, muchísimo que hacer”. Aún hoy, una semana después, me asalta una extraña sensación cada vez que me viene a la cabeza la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, citando al poeta peruano César Vallejo. No sé, es algo así como si descubriese que Darth Vader pasa sus ratos libres leyendo a Pessoa. Vale, no seamos injustos ni prejuiciosos, hagamos un esfuerzo por abandonar el tentador y cómodo maniqueísmo cuando intentamos entender la forma de desenvolverse de quienes nos gobiernan. Y también de quienes mandan sobre quienes nos gobiernan.

Porque, está claro, a pesar de nuestras sospechas sin fundamento, a pesar de nuestra desconfianza, toda esa minoría que toma decisiones no constituye una raza aparte, tiene buenos y malos días, ha de resolver problemas domésticos, la vida les decepciona de vez en cuando y, en suma, tiene tanto derecho como el resto a citar a sus poetas preferidos, a disfrutar de un concierto con un vaso de cerveza en la mano o a esperar con ansia la última temporada de House of cards (cierto, quizás este último ejemplo no sea el más apropiado).

Sin embargo, confieso que no me resulta nada fácil, acostumbrado a verlos y escucharlos envueltos en solemnidad o en medio de una querella con su rivales, imaginarme a los políticos en zapatillas sentados en un sillón orejero o cambiando la bombona de gas butano. Sí, la señora Christine Lagarde me desconcierta.

Menos mal que aquí en España las cosas son mucho más sencillas. Celebramos la fiesta nacional con complejo de culpa. Se vuelve a poner sobre la mesa el genocidio del Imperio español sobre los indígenas -ya sabemos que los otros imperios se caracterizaron siempre por la búsqueda de consensos con los conquistados- y sobre todo se habla de encuestas preelectorales, que es para lo que están las fiestas nacionales. Ah, y también se critica a los políticos que asisten al acto institucional, y a los que no, el gobernante de turno los considera antisistema, en un curioso ejercicio en el que se combina el desprecio, el pavor a que los bolcheviques asalten el palacio con una urna bajo el brazo y el paternalismo hacia una ciudadanía preadolescente que, ojo, por su mala cabeza cualquier día nos puede dar un disgusto. Sí, es mucho más fácil de entender que a la señora Lagarde leyendo a Vallejo. Se les ve venir.