Análisis

El PP, ante una grave crisis de liderazgo

Tras abrir boca el ex presidente Aznar, ha sido la semana del fuego amigo, de las críticas externas y, sobre todo, internas, del lanzamiento de los trastos a la cabeza entre compañeros de partido y de Gobierno, de los desplantes y las agresiones verbales, de las peticiones sotto voce de un nuevo liderazgo antes de las elecciones del 20D. Todo ello viene a reflejar inequívocamente la grave crisis que afecta al Partido Popular; una crisis que, salvo Rajoy y algunos incondicionales, muchos ven como una crisis de liderazgo y, quizás, de agotamiento y fin de ciclo.

Tras los ataques de Aznar a Rajoy por el tremendo batacazo que sufrieron los populares en las recientes elecciones catalanas, el ex presidente ha vuelto a censurar la política de su sucesor, al que ha recordado que participó en el pacto con Pujol del hotel Majestic de Barcelona en 1996, en el que el PP se aseguró el Gobierno a cambio de numerosas concesiones a CiU. Desconozco la intención última del propio Aznar, quien entonces hablaba catalán en la intimidad, pero dicho pacto abrió a Cataluña las puertas de unas conquistas inimaginables, además de entregar en bandeja a Pujol la cabeza de Vidal-Quadras, su implacable enemigo y líder entonces del PP catalán: la conversión de los Mossos d’Escuadra en policía integral, la inmersión lingüística en el idioma catalán, un nuevo sistema de financiación para las comunidades autónomas, la cesión del 40% de los impuestos especiales, el 35% del IVA y el 33% del IRPF, numerosos traspasos de competencias del Estado a la comunidad autónoma, etc. Nadie ha hecho tanto por Cataluña y por el nacionalismo catalán como Aznar. Rajoy estuvo allí de mero acompañante, segundón, en las mayores contrapartidas que se recuerdan durante la democracia para que un partido, el PP, pudiera acceder al poder.

¿A qué viene recordar este pacto si no es para perjudicar a Rajoy y comprometerlo en un acuerdo que se negoció esencialmente en La Moncloa y en el mencionado hotel? De hecho Rajoy, a la sazón ministro de Administraciones Públicas, participó en la gestión del acuerdo, lo mismo que en el alcanzado con el PNV a cambio de su apoyo parlamentario. En ambos casos el hoy presidente se plantó en el no más rotundo cuando nacionalistas vascos y catalanes reclamaron nuevas concesiones ampliables a la siguiente legislatura, en la que Aznar logró la mayoría absoluta. Pero ya se sabe que el ex presidente es muy sibilino a la hora de atacar o criticar y olvida sus propios errores y rectificaciones.

Aun así, Rajoy debería reflexionar sobre lo que le ha dicho Aznar: que desde que está en la Presidencia del Gobierno el PP ha sufrido cinco derrotas electorales (europeas, andaluzas, autonómicas, municipales y catalanas) y no ha sido capaz de liderar las posiciones del Gobierno en Cataluña, como así lo demuestra el alza espectacular de Ciudadanos y la caída en picado de los populares. Claro que de ahí a reclamar la sustitución de Rajoy a la cabeza del cartel electoral del PP media un buen trecho, aunque la imagen del presidente suscite un muy amplio rechazo entre la ciudadanía.

El presidente del PP sólo podría retirar su candidatura por propia iniciativa, si falleciera o si quedara incapacitado, según los estatutos del partido, a tenor de los cuales el aspirante a la Presidencia del Gobierno debe ser elegido “por el congreso del partido”. Relevar a estas alturas a Rajoy sería seguramente un disparate si, como se comenta, no existe en la recámara otra bala que la de Núñez Feijóo, el presidente de la Xunta gallega. Pero es evidente el cuestionamiento de su liderazgo. Aunque fuera de España ha ganado prestigio y credibilidad al enderezar la muy difícil situación económica que heredó y que a punto estuvo de llevar al país a la intervención económica por parte de la UE, el BCE y el FMI, el jefe del Gobierno no levanta cabeza en cuanto a estima popular. Ni una sola de las encuestas de opinión pública realizadas en España desde 2011 saca a Rajoy del último lugar en valoración entre los cinco o seis dirigentes políticos de los grandes partidos nacionales. Es como una cruz, un sino, una desgracia insalvable. Y ni la reciente mayor apertura del partido a la sociedad, ni la renovación de algunos cuadros directivos para inyectar juventud y apresto, ni siquiera la bondad de algunas estadísticas que confirman la mejoría de la economía nacional han podido cambiar este estado de cosas. Rajoy es el líder político peor valorado de la democracia. Ha sido suspendido en todas las en cuestas.

Con esta evidencia, se llegaba ayer a la reunión convocada en Toledo, dentro de la campaña denominada CumPPlimos, que trata de explicar el grado de cumplimiento del programa electoral aprobado para la actual legislatura. Pese a la movilización de ministros, presidentes autonómicos y de diputación, alcaldes y dirigentes populares, llegan noticias de que esa idílica imagen de unidad y de cierre de filas en torno a Rajoy es más un paréntesis y una puesta en escena que la evidente división interna del partido a tres meses de concluir la más larga legislatura de la democracia con la vista puesta en las elecciones generales del 20D…, pero también en el congreso extraordinario del PP que deberá celebrarse durante el primer trimestre del año próximo y del que podría salir una nueva dirección. Todo dependerá del resultado de los comicios decembrinos, de lo que cosechen las candidaturas de Rajoy y compañía… y de lo que sea capaz de conseguir Albert Rivera porque, en puridad, lo que está en juego es el liderazgo político del centro derecha en España.

¿Qué ha pasado para que un partido que logró más de 11 millones de votos que le otorgaron una confortable mayoría absoluta, 186 diputados, se debata hoy en una crisis que puede obligar a su refundación si Ciudadanos sigue recogiendo el descontento de los votantes moderados y desengañados por las políticas del PP? Creo que ha influido mucho la crisis económica que ha tenido que gestionar -gestiona aún, en realidad- el Gobierno y que nunca logró explicar, por su pésima política de comunicación, para que los ciudadanos la entendieran y, sobre todo, los que más de cerca la sufrieron vieran en la dirigencia popular una sensibilidad social y un sentido de la solidaridad acusado.

El PP no hizo pedagogía, ni fue sensible, ni se acercó emocionalmente a los más desfavorecidos aun sabiendo que la gestión de una crisis tan profunda como la que ha vivido el país abrasa a cualquier Gobierno, del signo que sea. Tantos reajustes, tantas subidas de impuestos, tantas austeridades económicas y pérdidas de derechos han dolido demasiado al cuerpo social y electoral como para olvidarlos ahora, cuando se hace balance de la legislatura y se trata de explicar lo que debió ser justificado día a día mediante una política inteligente de acercamiento a los ciudadanos, a sus problemas y necesidades.

Pero el descontento con el PP obedece también al incumplimiento de parte de sus promesas electorales; al mantenimiento de una estructura partidaria inmovilista, envejecida y obsoleta, sin transparencia ni democracia interna, alejada de los modernos sistemas de gobernanza, comunicación y enlace transparente con la ciudadanía; la prepotencia y utilización sistemática del rodillo en el Parlamento, donde han sido imposibles los pactos salvo con el PSOE en un par de cuestiones esenciales; a la corrupción que le ha afectado y que no ha sido capaz de cortar de raíz, pese a las normas aprobadas al efecto; a la falta de iniciativa, coraje y determinación para evitar que la cuestión catalana se enquistara más aún y no se adviertan otras soluciones que las jurídicas, por falta de apoyo a algunas propuestas políticas; por la incapacidad de Rajoy y los dirigentes del PP de ilusionar al país y ofrecerle, con palabras y hechos, un horizonte de unidad, estabilidad y prosperidad, algo que sin embargo Ciudadanos ha sido capaz de formular con señalado éxito; la carencia, por parte de Rajoy, de una imagen fresca, dinámica y atractiva, con capacidad de liderazgo y convicción para saber transmitir confianza, esperanza y un relato regenerador…

Pese a todos estos fallos, y algunos más que me dejo en el tintero, el PP sigue siendo el primer partido del país en intención de voto y por número de militantes. Y el que dispone de un programa más riguroso y creíble, aun con cierto marchamo de impopularidad. Lo extraño es que siga sin renovarse, sin ajustar cuentas internas, sin ver la necesidad de una modernización que reclaman los nuevos tiempos y las formas de hacer hoy política. Otra cosa es que sea capaz de ganar las elecciones generales, que todo apunta a que sí; y otra más, ya más difícil, gobernar con Rajoy tirando del carro.