Domingo Cristiano

Una putada

La muerte es una putada. Este vulgarismo -que recoge el diccionario de la Real Academia- se me antoja el más apropiado. He pensado en la muerte tras tener noticia de dos fallecimientos.

El primero ha estremecido a España. Me refiero a la pequeña Andrea, la galleguiña de 12 años que nos dijo adiós el viernes tras años de lucha contra una de esas enfermedades raras. La falta de formación, la complejidad científica del tema, los intereses bastardos, la lógica amargura de unos padres buenos, la indefinición legal que arrinconaba a los sanitarios… Todo se confabuló para traer a las portadas una vez más el tema de la muerte digna. O de la vida.

Yo creo que en realidad es la vida lo que irrumpe con una fuerza imparable en la consciencia y en la conciencia cuando acontece uno de estos terribles casos. Más que sobre el derecho a morir de una forma humana, nos acosa la necesidad de definir qué es vivir como un ser humano.

Con independencia de la complejidad médica, moral y ética de estos casos. Más allá del dolor singular que experimentan todos los que son padres y esa otra forma de sentirlo de quienes no lo somos. Al margen de intereses políticos sobre el tema, especialmente asquerosos tratándose de lo que se trata. Con la intención de mirar de frente a la verdad, a todos nos aterroriza que la vida sea nada.

Si la vida es algo, merece la pena el breve sufrimiento de cada día. Digamos que viene en el paquete con el que te embalan al nacer. Pero si la vida es nada, el caso de Andrea nos enfrenta al abismo vertiginoso de nuestra propia nada. Si Andrea ahora es nada, si su carne ahora sólo es pasto, si su historia no está en manos de nadie, si su último suspiro no fue su primer respirar… entonces, mejor apaguemos la luz. No tiene sentido el ahora si después somos nada.

Yo creo que hay que pensar más a menudo en la muerte. Sin morbo y sin amenazas. Mirar hacia adelante con serenidad, a sabiendas de que ahí delante está la muerte. Sabiduría es la palabra. Ésa de la que habla hoy la primera lectura que se hace en los templos: “Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de la sabiduría. La preferí a la salud y a la belleza. Con ella me vinieron todos los bienes juntos”.

Los creyentes pensamos que la vida no es algo, sino Alguien. Que Dios es la vida. Por eso la necesidad de tomarnos en serio la vida, de gozarla, de ofrecerla, de comprometerla. De la seguridad de la muerte, al creyente le surge la necesidad de dar consistencia a sus pasos. Y eso es un regalo para la sociedad: hombres sólidos al servicio de lo que de verdad importa.

Dije que dos muertes me habían hecho reflexionar. La otra es la conmemoración del fallecimiento de Excalibur, el perro sacrificado de Teresa, aquella enfermera con ébola que ahora sabemos que mintió sobre su contagio. Pues le han hecho un homenaje al animalito. Con concentración y pancartas y todo: “No te olvidamos”, lloraban. ¿Se puede ser más imbécil? Con la que está cayendo, ¿se puede ser más imbécil?
@karmelojph