Se acabó el cuento

Por VERÓNICA FRANCO

Zapatitos ensangrentados, dedos y talones cortados, pájaros que sacan ojos, necrofilia, venganzas, asesinatos, padres que abandonan a sus hijos, canibalismo… Parecería que hablamos de auténticas pesadillas o de una película de terror “no recomendada para menores de 18 años”, pero no. Estamos hablando de las versiones originales de los cuentos de hadas. De los de toda la vida. De Cenicienta, Caperucita Roja, Hansel y Gretel, La Bella Durmiente…

Sí, la vida no es fácil. Pero era mucho menos fácil hace cientos e incluso miles de años, cuando la tradición oral de los cuentos de hadas empezó a tomar forma y a extenderse por Asia y el continente europeo. Algunos de ellos, como Cenicienta, tienen hasta una versión en la China del siglo X de donde viene sin duda la referencia a la predilección por los pies femeninos pequeños. El napolitano Giambattista Basile (muerto en 1632) los llevó al papel por primera vez después de haberlos recopilado en sus viajes por el norte de Italia. Sin embargo, hasta que los hermanos Grimm (en Alemania en 1812) y Charles Perrault (en Francia en 1697) no publicaron sus respectivas versiones, los cuentos de hadas no adquirieron la importancia que los han convertido en referente general de la cultura; no solo occidental sino humana en general. Y luego vino Disney. A mediados del siglo XX, la productora vio un filón en esas historias milenarias y arquetípicas. Quitándoles todo vestigio de incorrección y edulcorándolas lo suficiente, han llegado, inofensivas, hasta nuestros días.
Pero ¿qué se esconde detrás de los cuentos de hadas? En 1976, el psicoanalista Bruno Bettelheim publicó el libro Psicoanálisis de los Cuentos de Hadas en donde trató de ahondar en el papel fundamental que los mismos juegan en la búsqueda de significado en la vida de los niños. Llegó a interesantes conclusiones, entre las cuales se encuentra el descubrimiento de la importancia de los arquetipos: de ellos se puede aprender mucho sobre las vicisitudes de los seres humanos en cualquier sociedad y en cualquier tiempo. Lo interesante es observar cuán inaceptables resultan las versiones originales para la sensibilidad de hoy en día.

Talía, Sol y Luna, más conocido como La Bella Durmiente, es uno de los relatos más inquietantes. La primera parte coincide en casi todo: ruecas, encantamientos y sueño eterno de la adolescente que es dejada por su padre, roto de dolor, en un palacio en medio del bosque. Un rey extranjero, en efecto, llega años más tarde. Tocado por la curiosidad, vence la maleza para entrar a palacio y descubrir a Talía, bellísima e intacta. Y hasta aquí las similitudes. En la versión real, recopilada por Giambattista Basile a mediados del siglo XVII, el rey no solo la besa sino que va más allá. A tal punto da rienda suelta a su pasión que Talía da a luz (sin que despierte por ello) a gemelos: Sol y Luna. Los bebés, hambrientos, succionan diferentes partes del cuerpo de Talía en busca de alimento. De tanto chupar, uno de ellos logra sustraer la astilla maldita del dedo de su madre inerte. Talía despierta justo cuando su amante decide volver a echar un vistazo. Encantado de encontrar al objeto de su deseo despierta y con dos niños, el rey comienza a desear aún más a Talía. Al regresar a casa y notarlo distante, la esposa del rey es presa de fuertes sospechas. Amenazando de muerte a uno de los ayudantes de su esposo, logra saber la verdad y, fingiendo que es un mensaje del propio rey, envía una carta a Talía para que le mande a sus hijos. Talía, feliz, acepta, sin sospechar que el verdadero plan de la reina es matar a los críos, cocinarlos y dárselos de comer al rey como venganza. No satisfecha con ello, también manda a buscar a Talía para quemarla en una hoguera en el patio. Gracias al arrepentimiento del cocinero del rey, que, apiadándose de los niños, los pone a salvo y en su lugar guisa a dos cabritos, la historia evita un final trágico. Por su parte, Talía, astuta, y al ver que va a ser quemada viva, ruega un último deseo: despojarse de sus ropas. Tan lentamente se desviste, que le da tiempo al rey para llegar y parar la masacre. Por supuesto, la que es quemada viva en lugar de Talía, es la reina.

Ródope, Pies de Loto, Arroz Partido, Cenicienta o Cenenterola es un cuento mucho más antiguo. Sus orígenes llegan muy lejos en el tiempo; tanto, que se cree que nació en el antiguo Egipto aproximadamente 2000 años antes de Cristo, aunque fue recopilado por primera vez por los griegos, entre ellos Herodoto. China y Vietnam también fueron cuna de historias muy similares. Incluso los indios norteamericanos tienen una versión propia. Pero lo que está claro en la historia de Cenicienta son las figuras de la pérfida madrastra, las hermanas malvadas, el padre ausente, los animales mágicos, el príncipe salvador y el zapato perdido. La crueldad, la sangre y la venganza, no obstante, no faltan en ninguna de las versiones originales. La recogida por Disney, y la que todos conocemos, proviene de la mesura y el gusto por lo políticamente correcto del francés Perrault, autor de innovaciones como el hada madrina y el perdón a la madrastra y sus hijas. Los Grimm eran un poco más arriesgados y respetaron algunos de los cruentos detalles de los originales: las hermanastras, impelidas por la desesperación de su madre porque sus pies entraran en el dichoso zapato, se cortaron una el talón y la otra dos de sus dedos. El engaño fue descubierto por las manchas de sangre. Las palomas, que en la antigua Grecia eran las acompañantes de Afrodita -dato que no es casual- fueron las aves que ayudaron a Cenicienta primero a superar las pruebas puestas por su madrastra y luego a vestirse para el baile. Pero también fueron las que, a la hora de la venganza y en el día de su boda, quitaron los ojos a su madrastra y a sus hijas.

Y hasta aquí los ejemplos. Hansel y Gretel y Caperucita Roja, así como tantos otros, se adentran también profundamente en los vericuetos de los miedos y obsesiones propias de la Edad Media: infanticidio o abandono de los niños por escasez de comida, brujas, hombres lobo, la imaginería del hambre encarnada en la casita de turrón, el rapto sexual como única realización del deseo (no olvidemos que en el original, el lobo, después de comerse a la abuela, obliga a Caperucita a meterse en su cama). Y así. Ya hace casi un siglo que las versiones han cambiado pero los arquetipos a los que aluden son tan antiguos como la propia humanidad. En los años 50, el sueño americano estaba en pleno auge y Europa despertaba esperanzada de la guerra. Se decidió en ese marco que los finales felices y las historias sin aristas eran las adecuadas. La pregunta es: ¿cómo resistirán los cuentos de hadas a esta época de desilusión y desmoronamiento? ¿Qué cuentos contarán nuestros hijos a sus hijos?