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Alfredo Bikondoa

Frente a las vulgaridades previsibles, unas propias y otras resacas espurias de la globalización, los dolorosos recortes y los escándalos de corrupción, los aspavientos anacrónicos y los ruidos de distracción de los políticos, Barcelona me engancha y me sorprende, como en la juventud, cuando la descubrí como la rendija luminosa hacia Europa desde la que se atisbaban gentes, obras, sueños y libertades vetadas, como un rompeolas de esperanza. En una visita rápida, y con la voluntaria evasión de los interesados complementos circunstanciales, me empapé del románico propio y el reclamado en el Mac y, por puro azar, llegué al Museo Marítimo y me fundí en la poesía autoral de Paul Valéry -lar literario de un grupo juvenil, mínimo y cohesionado- y en la interpretación libérrima del vasco Alfredo Bikondoa. En una valiente e intensa muestra de lenguajes y materiales plásticos -escultura, pintura, fotografía sobre aluminio- tradujo las sonoras estrofas del modernista galo, las metáforas perfectas a las que pusimos formas, movimientos y luces sus lectores desde hace casi un siglo, y las honras reflexiones sobre la existencia y la muerte formuladas en clave de tragedia clásica, de épica helena ante la visión sencilla de un rectángulo litoral donde “los muertos se hallan bien en esta tierra / cuyo misterio seca y los abriga”. En el curso grave y sereno de los decasílabos más hermosos de la lengua francesa, nacidos de la inquietud estremecida del ser y el resplandor inmóvil de la nada, Bikondoa traza un itinerario variado, incluso contrapuesto porque, por encima de cualquier otro propósito, cada obra responde a un instante espiritual, inspirado, provocado o arrancado por la fuerza lírica que Valéry descubrió en el camposanto de Sète, su pueblo natal, donde las modestas tumbas y los paisanos difuntos mutaron, en ese tránsito general a fantásticos mausoleos, héroes dormidos y semidioses derrotados por la dulce tentación de la vida, que no sería nada sin final. Reencuentro con la mejor Barcelona, ajena a la bulla, inquieta y renovadora, con su digna facultad de programar culturas y ocios afortunadamente intacta; con un artista total y tan humilde que subordina todas sus expresiones al río que lo lleva; en este caso un poeta capital, capaz de concitarnos emociones de siempre y de acompañarnos en la aventura de eternidad que, con mayor o menor conciencia, todos cargamos: “Encima el Mediodía reposando / se piensa y a sí mismo se concilia / testa cabal, diadema irreprochable/ yo soy en tu interior secreto cambio”.