El dardo

Aplicar la ley

Una ensoñación. Un disparate. Una locura. Un desacato. Un atentado antidemocrático. Un paripé inaceptable en cualquier Estado de Derecho. Una corrupción jurídica de tomo y lomo. Una decisión ilegítima. El mayor desafío constitucional desde la entrada en vigor de la Carta Magna de 1978. La fractura de la convivencia en la sociedad catalana, mayoritariamente no independentista, por la vía de los hechos consumados. El rompimiento de la legalidad nacional e internacional. Una declaración unilateral de independencia en diferido. La creación de un poder constituyente para el que el Parlamento de Cataluña carece de mandato expreso. La ilegal transformación de unas elecciones autonómicas en un plebiscito inventado y además perdido. Todo esto y mucho más es lo que resulta de la sesión plenaria celebrada ayer por la cámara legislativa del Principado, unido a España desde el pacto establecido en 1412 a través de la Concordia de Alcañiz y el Compromiso de Calpe -que señalaban a Fernando de Castilla como “Rey y Señor de Aragón”-, asentadores de lo que Sánchez Albornoz llamaría “el nuevo tejer del tapiz de España”, la más antigua nación europea. La escasa talla de la clase política independentista instalada en Cataluña ha llevado a esta comunidad autónoma a un callejón sin salida merced a aspiraciones, idealizaciones y mitificaciones carentes de rigor e imposibles de atender. En tales circunstancias, al Gobierno del Estado no le queda otro recurso que restablecer la legalidad conculcada, caiga quien caiga. Nadie está por encima de la ley ni puede violentarla sin sufrir las consecuencias de sus actos. No pueden por ello los independentistas apelar al diálogo cuando mantienen, contumaces, su desafío. Como dice Manuel Ibarz, al margen de errores y cesiones de los gobiernos centrales desde 1976, “Cataluña ha sido víctima de la poca inteligencia de sus líderes, de su nula capacidad política para articular un proyecto de país, de su carencia de una visión estratégica de su relación con España, y de su ineptitud para la defensa de los intereses reales de los catalanes, más allá de los gestos aparatosos y de discursos grandilocuentes que no han traído más que sufrimiento y frustración (…) con el eterno problema del encaje de Cataluña en la realidad española”.