el charco hondo

Ascensor

Hay quien juega con las llaves o mira fijamente a la puerta, abrazándola visualmente. Otros clavan las pupilas en los zapatos propios o ajenos. El catálogo de actuación es escaso. Cabe simular interés en las marcas del techo o enfocar a suelo-techo-suelo, y vuelta a empezar. Hay teorías múltiples, a veces contradictorias. Mientras algunos especialistas concluyen que cuanta más gente sube más incómoda resulta la situación, otros consideran que cuando el ascensor sube o baja lleno el grado de exigencia con la liturgia gestual se reduce notablemente (según estos últimos, la falta de espacio debilita el margen de observación de unos sobre otros). Los comportamientos varían, pero el muestrario de recursos cuando se está dentro del ascensor es siempre escaso. Siendo uno de los viajes que con mayor frecuencia hacemos a diario, la atmósfera nos domina y no al revés, generando en segundos ansiedades que salvamos encerrándonos en nosotros mismos. Entramos, presionamos nerviosamente el botón, peleamos por nuestra porción de metro cuadrado, damos la espalda al espejo o enfrentamos la puerta, y si eres senador -José Vicente González Bethencourt, pongamos- lejos de salvar la situación con el socorrido parte meteorológico, no sabiendo qué decir o de qué hablar, no teniendo nada que contar u ofrecer, nada que justifique o explique la última legislatura, mientras mueves las llaves, miras los zapatos o repasas las marcas del techo del ascensor, para matar el rato dices en voz alta que la próxima legislatura debe reformarse el Senado para convertirlo en una cámara territorial. A González Bethencourt alguien debe decirle, antes de bajar del ascensor, que ya está bien, basta ya, que se ahorren la cantinela con la que siempre nos vuelven a casa por navidad. A estas alturas, llegados a este piso, lo que deben hacer cuando se abran las puertas del ascensor es cerrar de una vez un Senado absoluta e irremediablemente inútil, prescindible.