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Barranco de Ruiz – Por Luis Espinosa García*

Este barranco trae consigo unos matices o significados digamos que familiares. Acompañando a mi padre pateé parte de sus laderas, junto con mi abuelo paseé en coche por sus aledaños y con primos, primas, amigas y amigos, hubo alguna excursión en su entorno.

Es, pues, un barranco casi, casi de la familia. Vamos a realizar hoy un pequeño descenso (es de esperar que ya se hayan recuperado de la subida del barranco de Las Lajas) para no cansarles excesivamente. Arriba, antes de iniciar el camino, se puede contemplar la casa de La Pared con su pequeña ermita de 1927 y, bajo ellas, ya en el cauce, los restos de lo que fueron lavaderos comunales, otrora llenos de señoras y jovenzuelas que restregaban las ropas enjabonadas o no contra las duras piedras, ahora vacíos, casi derruidos y con las zarzas investigando cada cicatriz de la pila.

El camino sigue la ladera cierto tramo, enseñándonos una pequeña cascada que deja, abajo, un charco lleno de plantitas verdes que parecen disfrutar de la permanente ducha. Más abajo ya la vegetación es pura laurisilva. Entre el ramaje se divisa una pequeña edificación en estado ruinoso. Dentro del grupo de caminantes hay quien opina que es un buen lugar para situar una casa rural. Otro senderista contesta rápidamente: “¿Y cómo traerías hasta aquí las botellas de butano?”. Por favor, que charla tan poco bucólica en un lugar tan paradisiaco. También conserva esta zona un pequeño tesoro. Por lo menos para alguno de los aman, realmente, la naturaleza: dos enormes madroños inmersos en una maraña vegetal a la que no es fácil acceder. Al salir de la frondosidad de la laurisilva nos enfrentamos a un peligroso instante, cuando en un estrecho camino ascendente tres o cuatro ciclistas, chavales jóvenes ellos, bajan lanzados. Alguien grita “socorro”, pero no queda claro el porqué del grito. Al final, se fueron y no pasó nada (¿les suena de algo?). Prosigue la marcha y el descenso se hace difícil por su pendiente y por el mal estado en que se encuentra la vereda. Alguien comenta que los ayuntamientos que comparten el barranco, Los Realejos y San Juan de la Rambla, han llegado a un acuerdo para mejorar sus accesos. Esperemos que sea verdad.

Tras atravesar el asfalto de la autovía a Icod de los Vinos llegamos al barrio del Rosario. Merece la pena, creo, hacerle una visita. No se preocupen, tiene una buena carretera hasta el lugar. Por el camino que bordea la costa se puede ver una serie de modestas pero antiguas casas, con inscripciones y fechas en sus paredes y soportales: El Halcón, Las Monjas, 1834, 1840… En una de las paredes aparece este aviso: “Prohibida la blasfemia y la palabra soez y el comportamiento disoluto en este honorable y pío lugar”. Para enmarcar. Fin de trayecto en Las Aguas y, ya allí, ¿qué mejor que tomar un arroz caldoso?

*MEDICO Y MONTAÑERO