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La carne y el demonio

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha matizado su informe sobre el consumo de carnes procesadas. Se pueden comer, afirma ahora, pero con moderación. Es decir: primero montaron un numerito mundial en todos los medios de difusión del planeta, asustando a la gente de los cinco continentes, vaciando las cajas de los ganaderos y de los carniceros. Y, ahora, cuando el daño ha resultado descomunal, vienen a contarnos que la carne es necesaria, que es buena, que contiene proteínas necesarias a la supervivencia humana. Y que lo que hay que hacer es masticarla y digerirla con moderación. ¡Toma ya! Hay que beber con moderación, hacer ejercicio con moderación, dormir moderadamente, pensar moderadamente y no dejarse llevar por el demonio, el cual, según el obispo de Cádiz, está detrás de las fiestas de Halloween que se han colado en España para solapar la importancia del Día de Todos los Santos y el de Difuntos.

Vamos a ver: ¿debemos comer lengua de Rajoy, morritos de Sánchez, ternera lechal de Rivera, rabo de buey de Iglesias, picadillo molido de la desaparecida Izquierda Unida de Garzón? Sí. Podemos comer de todo, pero con moderación. Incluso podemos comer butifarras de Mas, pero complementándolas con unas buenas raciones de ensalada; o pasta, sobre todo la pasta de los Pujol, que es la más rica en nutrientes y la que mejor traspasa el estómago para dirigirse a los cercanos bolsillos del clan de gánsters más clan de todos los catalanes. Y también podemos vomitar (perdón, votar) por Podemos, por el PP, PSOE, la nueva plataforma que sustituye a IU o por Ciudadanos. Podemos votar por ellos, pero no por todos juntos, ni revueltos. Es decir: tenemos que escoger una opción. Y una vez escogida, masticar bien, dormir la siesta, hacer una buena digestión. Y, si se tercia una acidez galopante, calmarla con bicarbonato, que es la base que acaba con todos los ácidos estomacales. Un bicarbonato de toda la vida que ahora no tomamos en polvo, como siempre, sino comprimido en cientos de pastillas y otras presentaciones farmacéuticas que producen los mismos efectos que el polvillo blanco, pero cuestan más caras. Y es que el ser humano se está volviendo un poquitito gilipuertas.

Nos ocurre con el fenómeno Halloween. En España, del Cantábrico al mar de Alborán y desde el Atlántico al Mediterráneo, siempre hemos celebrado el Día de Todos los Santos y, acto seguido, el de Difuntos. Nuestras abuelas y madres, hermanas e hijas (y ahora también muchos hombres), lo que me parece excelente, acudían -y seguirán acudiendo- a los cementerios a honrar a nuestros muertos. Negocio redondo para las floristerías, que también tienen su corazoncito y derecho absoluto a vender ramos con los que adornar los nichos de los camposantos. Bien es verdad que con flores, con una materia prima, cuyo precio se triplica y quintuplica en estos días. Pero no hay que quejarse. También el jamón serrano subirá de precio por Navidad. Y, las peladillas, ni les cuento. Los vinos se pondrán por las nubes y hasta los adornos navideños tendrán sitio en tiendas y mercadillos en las que se venderán belenes, angelitos, pastores y ovejas.

Pero es ahora, a finales de octubre y principios de noviembre, que una moda americana, que carecía de influencia en un país orgulloso de ser latino y de respetar sus costumbres, cuando desembarca una moda que para el prelado gaditano patrocina el Maligno. Cuando realmente viene de la mano de Hollywood. De la industria del cine y la televisión USA. Y que llena los bolsillos de las tiendas de chinos en las que se despachan horribles caretas o calabazas agujereadas que, aquí, entre nosotros, siempre relacionábamos con los cates, es decir, con el suspenso en los exámenes de cientos de miles de escolares.

Halloween ha colonizado a los Difuntos.

Nos hemos dejado abducir no por Satán, sino por la mayor mentecatada que uno pueda imaginarse.