DESPUÉS DEL PARÉNTESIS

Chinijo

Mis amigos Cristóbal Corrales y Dolores Corbella, en su extraordinario Diccionario ejemplificado de canarismos, definen el vocablo como Pequeño de tamaño. Aducen que es palabra habitualmente usada en La Graciosa y en Lanzarote. Sí; los topónimos guardan esa relación cordial, tenaz y simbólica con lo que muestran: un archipiélago diminuto dentro de un archipiélago pequeño: Chinijo en el que fue de la Fortuna. Es la zona más oriental de Canarias, frente a las costas del sur de Marruecos. Más África en consecuencia, a propósito de lo que resulta Fuerteventura y a diferencia de lo que se disimula en El Hierro, La Gomera, La Palma o Tenerife. Unos 41 km2 en total que levantan del Atlántico tres islotes (Montaña Clara, Alegranza y La Graciosa) y dos roques (el del Este -Roque del Infierno, por su posición en el bravo mar, como lo llaman los naturales- y el del Oeste). Es un Parque Natural y una Reserva Natural Integral sumamente cuidados, el suelo, la flora y todo tipo de especies: avícolas, terrestres, peces, moluscos… Esmero que no solo asumen las autoridades ad hoc de las Islas, sino los habitantes (unos 650) del único escollo con personas (La Graciosa). Se jactan, y así lo manifiestan una y otra vez cuando hablas con ellos, de ser la Reserva Marina más grande de Europa, unos 700 km2. Y la vida allí se vive con ese tenor, cuando te mueves en barco por esos promontorios, cuando desciendes y palpas la maravilla de esos muros o cuando te echas en la arena de una playa cara al sol. Es una de las experiencias más gratas, extraordinarias, sorprendentes y sublimes de cuantas puedas disfrutar en cualquier lugar del mundo. Por el silencio, el sosiego, el perfume de la naturaleza, la aventura de tropezar con lo original y lo primitivo, lo anclado en los años y en los siglos, por los pájaros y reptiles que no encontrarás en ningún otro lugar del planeta, y ello en cada uno de los pasos que por allí das.Y se descubre en el Archipiélago Chinijo una de las paradojas más severas de cuantas te puedas encontrar en Canarias. ¿Por qué siete nos contemplan, por qué repiten esa impostura las descripciones geográficas y se guarda en los legajos del Estado que eso somos? Canarias siete islas. Borges asumió que las enciclopedias son el reflejo del mundo, reflejo escrito, con sus meritorias explicaciones. Para el caso, ¿quiénes fallan, los adustos dirigentes de aquí anclados en la estupidez o en la torpeza? La atrofia de la verdad es lo que descubrimos. Porque si se nombra isla por ser isla (como Alegranza o Lobos), se es isla porque hay personas que la hacen latir. Luego, ¿por qué La Graciosa no es una isla, porque no es tan grande como Australia o porque nos negamos al ocho, porque el siete es lo conjetural, lo cabalístico y de ahí no hay quien nos mueva? Una memez que registra falacias supremas, una vaguedad que no nos identifica. De donde los gobernantes que nos gobiernan habrían de actuar en razón y con contundencia para aclamar de una vez por todas qué es Canarias: ocho, no siete. Mientras esa necedad se resista, La Graciosa seguirá anclada en el desatino: territorio de Teguise, a expensas de lo que Teguise les ceda. Y ello cuando La Graciosa ha de gestionar la maravilla de un lugar y su conservación que acaso ni siquiera un Cabildo soporte.

¿Qué habrá de proponerse, una huelga de hambre o una revuelta?