el charco hondo

Crisálida

La crisálida de la violencia de género asoma en cualquier momento o contexto; ahora bien, son las horas de alcohol y otros agitadores, ya de madrugada, cuando se puede ver con frustrante nitidez cómo la crisálida del machismo va dejando atrás el niño que fue para avanzar hacia el adulto que no debe ser. A determinadas edades, con el adolescente aún en plena metamorfosis hacia la persona que será, la crisálida de la violencia en vez de permanecer inmóvil empieza a dar muestras del camino que está tomando su transformación. La crisálida habita en pandillas, grupos en los que puede confirmarse que el horror de género de mañana está cogiendo cuerpo delante de nuestras narices, hoy. La violencia verbal y gestual que muchos adolescentes tienen como cauce ordinario de comunicación, el código que emplean para hacerse escuchar o llamar la atención en la tribu de pertenencia, conducen a la conclusión de que para acabar con la violencia de género no basta con campañas esporádicas de sensibilización. Tanta agresividad en el lenguaje, el empujón como sujeto, verbo y predicado, o el constante recurso a la amenaza preliminar en las conversaciones dan forma a una crisálida que crece en sentido contrario al que debe, metamorfoseando al adolescente en un adulto que se mueve mejor en la amenaza que en el respeto, en la consideración de que ellas son parte del peldaño más bajo de la escalera. En las barras de los bares, cuando se genera un ambiente de masculinidad, se hacen chistes que constituyen síntomas. En los medios se lanzan canciones que inyectan letras cargadas de munición -agárrala, pégala, azótala, pégala sácala a bailar que va a toa..-. Mientras las crisálidas tengan en la violencia una herramienta de conducta seguiremos perdiendo la batalla. No basta con campañas. Es necesaria una revolución cultural para acabar con el machismo que retiene a esta sociedad en el siglo pasado. Hay que educar a la crisálida para que de su metamorfosis no nazca un verdugo.