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Crónica de viaje

1. Atendiendo a la invitación de mis hijas, me he venido a Asturias. Sidra y fabada; es decir, estoy lleno de tópicos, y hotel rural, por primera vez en mi vida. Lo que celebro, porque oficialmente he dejado de ser un señorito. Un poco tarde, quizá. No sé por qué siempre me ha gustado Asturias y siempre tengo ganas de volver aquí. Puede ser una deformación paisajística y auditiva que me guste el frío otoñal y la bruma y el bable: un ciruelu, en bable, es una persona atontada. O sea, todo cargado de lógica. Asturias es un remanso. La primera vez que vine aquí tenía 15 años, a seguir un curso de entrenador de baloncesto en la Universidad Laboral de Gijón: puro estilo franquista tardío; preciosos edificios que creo que existen. A ver si los visito para recordar aquellos tiempos. Tren correo desde Cádiz a Gijón vestido de flecha de la OJE y a mucha honra. Me mandó un querido profesor, don Francisco Suárez, oficial instructor del Frente de Juventudes y bellísima persona. Un hombre profundamente honesto del régimen. Suspendí el curso porque yo estaba en otra cosa: quería volver a casa.

2. Alguna gente de la Falange, también tardía, fueron personas con valores y con el convencimiento de las bondades del régimen, que las tuvo. No voy a demoler el franquismo, que se demolió solito. Pero yo he venido a hablarles de Asturias, no del régimen, que en su contexto detesto pero que debo salvar de él a personas honestas e idealistas, que jamás participaron en el festín del terror, que no hicieron daño a nadie. Asturias, con sus indianos y sus estaciones ferroviarias y sus minas abandonadas y con un sabor a viejo que turba mis sentidos y me entretiene. Y detiene mi melancolía.

3. Agradezco la invitación de mis hijas. No podré estar fuera muchos días y, además, tampoco quiero, pero estos aires distintos seguro que me vienen bien. Compraré vasos finitos de sidra para tomarme el whisky. Parecidos a aquellos que usaba Alonso el Chino en el mítico Shangai, donde nos cargábamos los de TVE y los de RNE. Y Juanito Rolo, que venía desde Radio Club. Su secreto era que en ellos sólo se bebía whisky: ni agua, ni Coca-Cola, ni jugos; whisky. Por eso el whisky de Alonso sabía tan bien.
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