reflexión

Las derrotas – Por Juan Pedro Rivero

Un suspenso, la quiebra de un negocio, la ruptura del matrimonio, son distintas caras de la derrota. Unas expectativas frustradas, unas ilusiones rotas… Las alas de la esperanza, cortadas por el seco golpe de la realidad. Estamos construidos de la suma de éxitos y derrotas, de victorias y fracasos. Somos lo que el resultado final de la experiencia ha producido en nosotros. De ordinario hacemos las biografías de las personas con la lista de sus éxitos. Los estudios realizados, las iniciativas emprendidas y los éxitos conquistados. Describimos la historia de la gente grande por la suma de sus victorias. Pero esta visión es incompleta, y por incompleta, falsa. Somos también derrotas encajadas, frustraciones superadas… También somos la suma de nuestros fracasos.

Solo puede quebrar el emprendedor; solo puede suspender quien se arriesgó a presentar el examen; solo fracasa en el amor matrimonial quien decidió compartir la vida con otra persona, hasta que la muerte les separase. Quienes no se arriesgaron, impidieron la posibilidad de fracasar, taponaron el frasco de las derrotas. Tampoco sopesaron las posibilidades del éxito. Tampoco tuvieron triunfos.

Un fracaso nos hizo fuertes; aprendimos. Ganamos en prudencia y pudimos corregir errores. La última palabra del abecedario de la vida no es la derrota. No puede ser el fracaso el último episodio de la serie. Fortalecidos por los fracasos, volvemos a ponernos en pie con la sabiduría ganada, con la prudencia acrecentada y de realismo armados.

El reciente Sínodo de los Obispos celebrado en Roma, bajo la presidencia del Papa Francisco, trató del tema del matrimonio y la familia. Se planteó fortalecer la tarea de la Iglesia, preparando, acompañando y curando la vida de los matrimonios y las familias cristianas. Hay que cuidar a quienes se arriesgan a amar del todo a otra persona hasta la muerte. Hay que cuidar a quienes se arriesgan a dar vida y a educarla en medio de tantas dificultades. Hay que cuidar, incluso, a quienes han sufrido las derrotas y fracasos en estos proyectos vitales. Y hay que tomarse en serio este cuidado.

No pasa nada. Hubiera sido mejor acertar; pero si te equivocaste, no pasa nada. Has aprendido y ganado prudencia y realismo. Las derrotas no nos sacan de la vida de la Iglesia ni del corazón de Dios, lo más importante. El próximo fin de semana -21 y 22 de noviembre- tendremos una convivencia para cristianos que han sufrido una separación o un divorcio matrimonial. Si es tu caso, pregunta en tu parroquia y siéntete invitado.

Lo que no te mata te hace más fuerte; o como decía mi abuela, “lo que no mata engorda”.