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El enchufe

Los independentistas catalanes manejan el idioma a las mil maravillas. Hablan de desconexión con España. Cuando en realidad han jalado por el cable para desenchufar sus vidas de la red eléctrica del país. Al punto que se han quedado con el cable en las manos y las clavijas colgando de la pared. Lo que no es poco porque, al precio al que se ha puesto el cobre guardado en Andorra, podría resultarles rentable…

Tan hábiles con la lengua resultan que, cuando vengan las respuestas, sea en forma de sanciones, inhabilitaciones, procesos penales y hasta peticiones de cárcel, le darán vuelta al diccionario y tratarán de convencernos, a todos los ciudadanos, de que ellos, los separatistas, son realmente víctimas de una dictadura española que aplasta sus derechos legítimos sin rubor ni temor. Y mentirán otra vez, como lo vienen haciendo desde hace años. La respuesta española no provendrá de ninguna dictadura, ni de ninguna zarandaja franquista.

Será una respuesta democrática, de todo un pueblo y de todo un país contra las pretensiones de unos líderes que no representan ni lideran a una mayoría cualificada de los electores de toda Cataluña. Lo que quiero decir es que, cuando Carmen Forcadell, presidenta del Parlamento catalán, el propio Mas, o algunos de los miembros de su gabinete en funciones desfilen por los estrados de los juzgados en calidad de imputados por váyase a saber qué delitos, que no vengan contándonos el sainete de que se les persigue y acosa. De que son los sufridos adalides de una secesión no compartida por el resto de los ciudadanos de España y al menos por la mitad de los españoles de Cataluña constitucionalistas (vivan dentro o fuera de dicho territorio). Se lavarán las manos como vulgares pilatos y nos pondrán a caer de los caballos dedicándonos toda suerte de epítetos, todo con tal de adjudicarnos el papel de los malos de la película.

Así que espero yo que estemos prevenidos ante las vueltas que quieran dar al significado de las palabras. La desconexión, o mejor dicho, el desenchufe, sí que es una golpe de Estado civil contra la democracia y la libertad de todos los titulares de la soberanía nacional que la Constitución nos otorga a cada ciudadano, y que seguirá reconociendo dicho principio por más que la reformen. Y es a la reforma a la que debemos propender después de las elecciones de diciembre. Está por escribir la segunda transición que consagre la unidad y diversidad de los pueblos de España. Lo que pasa es que, a diferencia de la talla de los políticos que la hicieron entonces, ahora nos tropezamos con una legión de ineptos incapaces de ponerse de acuerdo hasta en lo más elemental.

La España actual es la España en la que vale todo y no funciona nada. Dicen muchos políticos que todos no son iguales. Mucha gente, como yo, creemos que están cortados por el mismo rasero. Unos, porque trincan. Y otros porque, aunque no lo hagan, miran hacia otro lado. La regeneración política es hoy más importante que nunca. Además de la Constitución, hay que reformar el Código penal para meter en el trullo a los mangantes, aligerando la justicia y abriendo las puertas de las celdas más rápido. Que entre que el corrupto mete mano al saco de la comunidad y se le enchirona, pasa tanta eternidad que ya nadie del pueblo cree en esta justicia. En realidad, mucha gente ya no cree en nada.

Bueno, yo creo que el Papa Francisco dice gran verdad cuando se lamenta de que las familias almuercen y cenen por separado. Separados por móviles, tablets y aparatos de televisión. A semejante paso acabaremos trinchando el pavo con un smartphone o pinchando el champiñón relleno con el enchufe del ordenador.