TRIBUNA POLÍTICA

La envidia, ese mal tan español

Decía Quevedo que la envidia es tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Y efectivamente, es una gran verdad. Una más de las que nos ha dejado el flamante escritor Francisco Gómez de Quevedo Villegas, a la par que un mal muy español, no sabemos si por ser latinos o por ser españoles.

Habría que realizar un estudio antropológico profundo para determinarlo y colaborar a poner remedio y aprender a arrinconarla, pues solo crea episodios de frustración que emergen de la comparación con nuestros semejantes. El verdadero envidioso, que los hay en abundancia, hace de ello el leitmotiv de su vida. Es verdad que tener envidia está en todos los seres humanos, pero no por ello nos convertiremos en envidiosos.

El verdadero envidioso siente siempre que sale perdiendo porque nunca tendrá lo que el otro posee (estilo, triunfo, belleza, brillantez, condición social, etc.), pero atribuye su desventaja a una injusticia. Además, suele ser inconsciente de que la envidia lo hace infeliz y el envidiado no se entera de serlo. Luego, el esfuerzo resulta absurdo.

El envidioso generalmente es un acomplejado y se queda a merced de la queja y la rabia de la sensación de inferioridad. En la noble actividad de la política hay un porcentaje no desdeñable y, por tanto no deseable, de envidiosos, que hacen de su envidia su ideología y que daña a esta actividad y a la organización a la que pertenecen. Y eso sabiendo que nunca se saca nada positivo y que no sirve para nada, solo para tratar de hacer daño al semejante sin conseguirlo casi nunca. La envidia no tiene sexo, ni religión, ni edad, ni clase social. Solo tiene una máxima: si yo no puedo, tú tampoco. Produce un aislamiento del envidioso porque daña la capacidad de disfrutar con los demás. El envidioso tiene una triste vida porque va asociada al deseo de destruir lo bueno que el envidiado tiene y por eso es siempre reprobable y destructivo. Como decían recientemente Isabel Serrano Rosa y Maria Jesús M. Prada acertadamente, hay que dejar a un lado las comparaciones, que nunca ayudan, y comenzar a perseguir nu