superconfidencial

No escribas de alcaldes

1. De entre los lectores que me escriben cada día -y que a veces piden verme-, sólo he aceptado una cita; no sé por qué. El miércoles, la de una profesora de Derecho, cuyo nombre omitiré por expreso deseo suyo. Esta señora leyó un artículo mío (¿Y si llega diciembre?), que al parecer le impactó, y ha llegado a pedirme que no escriba más nunca -me gusta así- de política, sino de mis sentimientos, de lo que me ocurre cada día. Que me desnude ante los lectores; y que si tengo pudor, que lo pierda; y que abra mi corazón de par en par a los legítimos destinatarios de mi mensaje. No es fácil. Lo mismo pretendía mi amigo Arturo Maccanti, paz descanse, que tantas veces elogiaba, incluso en público, mi pobre prosa poética. Aunque es lícito para un cronista hacerlo (Ruano, Umbral, Pla, Pedro Rodríguez) no voy a estar toda la vida hablando de lo que me pasa, porque muchos días no me ocurre absolutamente nada reseñable. Otras veces, sí, sobre todo cuando hay -como han existido- razones de muchísimo peso para que los sentimientos me superen.

2. Pongamos que C. había analizado en profundidad mi artículo; se lo sabía de memoria. Creía interpretar ciertas claves sentimentales que en ningún momento yo quise que fueran indescifrables. Es una mujer muy agradable que a partir de entonces me leerá siempre y que ha hecho copias de aquella crónica para enviarlas a algunos amigos. Ella no sabía que el alma duele, aunque me da que conocía en sus carnes otras pérdidas queridas. “No hables de alcaldes, sino de sentimientos”, me dijo cuando comenzamos a tratarnos de tú. Pero yo soy esclavo de lo que pasa y repito que no me ocurren tantas cosas para hablar sólo de mí; tengo que acudir a lo otro, a lo que no me gusta nada. Esta profesión es así.

3. La tarde se iba ya. Cerca, los niños jugaban a los trompos. A lo lejos, el botar incesante de una pelota. Una chica morena me saluda, al fondo; se llama Ruth. Unos filipinos hablan en tagalo a mi lado. C. sigue acariciando el artículo que trata de la terrible llegada de diciembre. Yo no quiero emocionarme, ni tampoco citar hoy a alcaldes ni a concejales trincones. Me voy. Es tarde. Mañana será otro día.