el charco hondo

Estrés

Siendo improbable que en apenas veintisiete días se recupere la normalidad, y descartado que en un par de semanas nos hayamos acostumbrado a convivir con este miedo, es previsible que el 20 de diciembre las papeletas entren en las urnas marcadas por el estrés postraumático que provoca en cualquier sociedad lo que ha pasado y, sobre todo, por la percepción de que ahora más que nunca en cualquier momento puede volver a ocurrir. Poco importa si el ahora más que nunca es más emocional que racional, la consecuencia es idéntica en ambos casos: una sociedad que se siente más amenazada, más vulnerable. Cuando lo ordinario decae a raíz de sucesos extraordinarios -extraordinariamente crueles, en este caso- la reacción puede prolongarse en el tiempo o ser transitoria. Es ahí, en ese tránsito, donde estamos. Es ese el ánimo transitorio que votará en diciembre. Cuando el estrés modula las razones situando en lo más alto del catálogo de prioridades la necesidad de que nos garanticen el orden, de atrincherarnos, de incrementar la seguridad o de blindarse, muchos votos buscan refugio en los que están al frente. El estrés que los atentados ha incrustado en la sociedad refuerza el apoyo al Gobierno que está.

En primer lugar, porque el miedo siempre gira a la derecha; y, en segundo término, porque Rajoy está gestionando los acontecimientos muy razonablemente (quienes tanto se equivocaron con Irak, o después del 11-M, no tropezarán dos veces en la misma piedra). No tiene la culpa el PP de que la conmoción busque refugio en la seguridad que un Gobierno representa, pero es Rajoy quien fortalece la posición. Si al estrés postraumático añadimos la baza electoral del pulso a los independentistas -o algunas luces del relato económico de los populares- cada vez resulta más fácil augurar públicamente que el PP va a ganar las elecciones. Veintisiete días no son suficientes para dejar atrás el estrés que ha arrinconado el relato en que estábamos antes de las bombas de París.