ahora en serio

Gente de té, gente de café

Yerran los que creen que la gente se divide entre votantes de izquierdas y de derechas, que los gustos y preocupaciones del personal oscilan entre lo viejo y lo nuevo. Olvídense del norte y del sur, del Barça y el Madrid. Aparquen las manidas taxonomías. En este país, aquí y ahora, la gente se posiciona entre los que toman té y los que toman café.

Ambas son infusiones, sí, díganme lo que quieran, pero el café es mucho más.

Es pura alquimia. El agua y la planta se funden en él, de tal manera, que nace de esa unión un elemento nuevo, maravilloso, estimulante, insustituible. La cafetera es el atanor en el se cuece todo lo mágico que, vertido en la taza, alegra las mañanas a millones de personas en el planeta. El té, sin embargo, ¿qué es, más allá de un pocillo de humeante agua con hierbas?

Dirán mis amigas teteras, mis colegas que han abrazado la nueva ola ortoréxica, que me he vuelto loca. Disertarán mis colegas conversos sobre las bondades antioxidantes y sedantes y adelgazantes y laxantes del té. Me advertirá mi pareja sobre la incongruencia que vierto compartiendo mi vida con él y denostando, al tiempo, el jugo con el que salpica sus tardes y las esperas entre funciones y rodajes. Argüirán mis jefes que pierdo tiempo en los bares entre taza y taza y que, encima, mi proverbial mal humor no mejora después de tomarlo. Antes bien, me pongo más nerviosa e irascible. Me da igual. Procedan. Vitupérenme, que no harán más débil mi pasión. El café es, para mí, casi tan religión como el flan de calabaza de mi abuela. En la cocina que daba a su patio de la calle El Saludo había siempre una cafetera silbando antes de las ocho de la mañana. Y otra a las once. Y otra a las tres. Y otra a las siete. Y, en verano, se tomaba en aquella casa café con leche -bomba de relojería, dicen los gurús de la vida sana- antes de irse uno a dormir, a pierna suelta, ajenas como estábamos entonces a la fatal influencia de la cafeína. La primera vez que pisé Cuba no me reconocí en el acento, ni en la cadencia pausada con la que caminaban las mujeres por la calle, ni en el ritmo, ni en el calor. Pero en la primera casa en la que me dieron un café renegrido, en un vasito chico desportillado, cargado de azúcar y hospitalidad, me habría quedado a vivir sin dudarlo.

Es ahora, glosando la bebida de mi infancia -la que más le gustaba a mi padre, que era capaz de darnos cinco duros si le poníamos una cafetera al fuego-, cuando me doy cuenta de que el hecho de que yo haya sido muy desgraciada en Londres y muy feliz en el caribe colombiano no tiene que ver con el clima, sino con que en un sitio se toma un té soso e inhóspito para intentar, en vano, animar las tardes aburridas de invierno, y en el otro, el tinto (café apretado y sabroso) se corea en las calles en termos de metal desde las cinco de la mañana y se toma en pequeños vasitos plásticos, casi dedales, a todas horas.

Lo que ha hecho longevas a las mujeres de mi familia es el café, y no otra cosa.

Lo que me procuró carrera y oficio, haciéndome una mujer de fundamento fue el café que alumbró mis noches de estudio y me mantuvo despierta mientras hacía los exámenes.

Así es que no intenten madre, hermana, amigos todos, llevarme al redil de las agüitas guisadas con la excusa de que le estoy dando mala vida a mis arterias y a mi sistema nervioso. Porque, como dicen que dijo Voltaire: “Claro que el café es un veneno lento. Hace 40 años que lo bebo”.

@anamartincoello