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Gerhard Müller

Después de dos largos años, el Sínodo de la Familia no resolvió los dos problemas más candentes de la agenda inmediata de la Iglesia Católica: la posición sobre los divorciados y los homosexuales. El prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, el alemán Gerhard Müller (1947), líder y referente del sector conservador de la curia, obtuvo una victoria parcial ante los seguidores de las posiciones aperturistas preconizadas por el papa Francisco, y lideradas por el cardenal Walter Kasper (1933), presidente emérito del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos. Fuera de las generalidades aceptadas sin debate por las dos facciones -el valor vigente de la familia en la sociedad moderna y la necesidad de “protegerla con cercanía, ternura y acompañamiento”- el documento final de noventa y cuatro puntos, aprobado por más de dos tercios de los votos, no dejó satisfecha a ninguna de las dos facciones.

Para los ortodoxos significa un eficaz parón temporal -¿hasta cuándo?-, pero no olvidan que todas las cuestiones abiertas pueden volver a tratarse en el futuro. En cualquier caso, ganan tiempo, que es victoria. Para los reformistas supone un jarro de agua fría a las expectativas de los homosexuales que, según el catecismo, “tendrán respeto y misericordia, pero ni la absolución de su pecado ni el reconocimiento de sus uniones civiles”. En cuanto a la comunión de los divorciados vueltos a casar, el cardenal Christoph Schönborn (1945), arzobispo de Viena y amigo de los últimos pontífices, anunció “la disposición de criterios fundamentales para cada caso porque, ante situaciones diversas sólo caben respuestas diferentes”. La solución en manos de los obispos supone un avance, frente a la situación actual que debe resolver Roma; un paso, además, en la descentralización que preconizó desde su acceso a la Silla de Pedro monseñor Jorge Bergoglio. Pero, ante la pública e incontestable división del episcopado en sensibilidades progresistas o conservadoras, distintas organizaciones cristianas expresaron sus dudas y desencanto en cuanto a las decisiones que puedan adoptar unos y otros, “según su ideología o conciencia”. Las esperanzas radican, como desde su elección, en los rumbos de libertad y misericordia que guían al Papa del Fin del Mundo que, en el discurso de clausura sinodal, manifestó sin ambages que “los verdaderos paladines de la doctrina no son los que defienden la letra sino el espíritu”. Así sea.