el charco hondo

Guerra

Entre otros analistas, recuerda Enric Juliana a evangelizadores u olvidadizos que el Estado Islámico se nutre de muchos pretorianos de Sadam Husein -aquella guardia republicana que algunos equivocadamente creían desvanecida, apunta-. Dice más, y bien. Pone el foco en que, tras lo ocurrido en París, la opinión pública (electoral, en España) busca lo que denomina el Partido de Orden porque el estado de guerra europeo está alterando todos los relatos políticos. Ciertamente, el zarpazo de los terroristas incrementa la demanda de mano dura, la militarización de argumentos y sensibilidades. Estos días vende mejor la fuerza, nosotros, blanco o negro, matar o morir, ellos, los otros. Lamentablemente, los terroristas nos tienen donde querían. Se impone el relato de la guerra de civilizaciones. A quienes desde la política o la diplomacia apuestan por soluciones militares cabría pedirles que, preliminarmente, reconozcan en público su fracaso como políticos o diplomáticos; y, acto seguido, apuntarles que la guerra de Irak -el caos en que quedó aquel país- empezó justo el día en que nos contaron que había terminado. Hay más. La hipocresía que el terror esconde en su estómago hace que se diga, alto, firme, claro, que una de las respuestas posibles pasaría por financiar a grupos que combatan a los del Estado Islámico sobre el terreno (¿a quiénes han instruido algunos servicios de inteligencia en el pasado?). La conmoción es en sí misma un estado de excepción que algunos gobiernos convierten en una película de acción, construyendo una realidad capaz de tachar de terroristas a quienes, refugiados, huyen de los terroristas. Según la Fundación Visión de la Humanidad, en 2013 (por ejemplo) el 82% de las muertes relacionadas con el terrorismo -Al Qaeda, Boko Haram y Estado Islámico, entre otros- se han producido en cinco países musulmanes; pero no permitamos que los datos nos estropeen la guerra de civilizaciones. Militaricemos las leyes. Encojamos las libertades. Dejémonos arrastrar.