LA ENTREVISTA DEL DOMINGO

“La libertad de expresión no existe, sino cosas que se dicen en libertad”

"Ha vuelto  al mundo la sinrazón de la Edad Media”. / ANDRÉS GUTIÉRREZ
“Ha vuelto al mundo la sinrazón de la Edad Media”. / ANDRÉS GUTIÉRREZ

Juan Cruz Ruiz escribe mientras vive motivado por lo que García Márquez llamaba la “golosina de narrar”, y la memoria es su territorio literario, sobre el que ha construido una veintena larga de libros autobiográficos y ensayos, a caballo de la ficción y el periodismo. Este último es su oficio desde hace más de 50 años, en el que ha cosechado premios, como el Nacional de Periodismo Cultural en 2012. Viajero asiduo, este periodista alerta a los sobresaltos se estremece ante la masacre del viernes en París: “Este es un mudo que decidió volver a lo más despiadado de la Edad Media, llena de inquisiciones y fundamentalismos, de justicieros y de sinrazón, El grito de Millán Astray sobrevive, “¡muera la inteligencia!” Siempre ese grito ha querido matar la poesía, la belleza de pensar y de vivir”.

Quizá por eso se aferra al humor y acaba de escribir un libro dialogado con Andreu Buenafuente. La trayectoria del autor de El niño descalzo, la novela que ahora publica a propósito de su nieto Oliver, surge de una niñez quebradiza, marcada por el azote del asma, en la cama junto a la radio en su casa natal del Puerto de la Cruz. De ese modo, y por ese medio, creció siendo periodista, “con la sintaxis de la radio”, hasta que logró enrolarse en un periódico que contribuyó a fundar en Madrid, El País, clave en las cuadernas democráticas del Estado que salía de una dictadura. En 2016 ese diario cumple 40 años y Juan Cruz publicará El oficio invencible, un libro de conversaciones inéditas con Jesús de Polanco -el presidente del Grupo Prisa, que lo edita-, fallecido hace ocho años, un vecino habitual de Tenerife, donde fomentó el turismo a través de hoteles de su propiedad, con un lema de efecto llamada: “Canarias, donde el sol no quema”.

-Polanco era un embajador de Tenerife. Leí tu artículo del miércoles, La invención del malentendido, en El País, sobre los días de asedio y retiro en la Isla.
“Tenerife era la última pasión de su vida. Y le encantaba, en esos momentos duros en que fue objeto de la persecución de Aznar, asomarse desde el Abama o el Jardín Tropical, en Guía de Isora o Costa Adeje, a contemplar la mole imponente de La Gomera. Una de las últimas cosas que me pidió, estando ya enfermo, fue que ayudara a rectificar una información incorrecta de El País referida a Adán Martín. Entonces, el director me mandó aquí a entrevistar a Adán. Junto a las conversaciones con Polanco narro experiencias personales dentro del periodismo, desde que los ratones le comían a mi madre mis artículos en Aire libre hasta mi trabajo en El País”.

"Cataluña es producto de la torpeza del boicot del PP al agua de Vichy y el Estatut”./ A.G.
“Cataluña es producto de la torpeza del boicot del PP al agua de Vichy y el Estatut”./ A.G.

-¿Qué va a pasar el 20D?
“Ese día le va a nacer un tapón a España. Va a explotar en muchos partidos. Más difícil eso que viene que lo que hubo. Lo peor será la falta de generosidad para gobernar. En generosidad estamos a menos uno”.

-Arriésgate con un pronóstico.
“Empate múltiple. Pero habrá una coalición o apoyo externo al partido que logre formar gobierno”.

-¿Cataluña será objeto del diálogo o del diablo?
“Del diálogo. Lo de Cataluña es producto de las torpezas del PP, del boicot a los productos catalanes y las mesas petitorias de firmas contra el Estatut. Ahora solo cabe que en la baja frecuencia empiecen a hablar las personas principales para evitar una solución ingrata. Yo quiero seguir bebiendo agua de Vichy en Talavera de la Reina”.

-¿Cómo ves a Canarias en esta nueva encrucijada?
“Canarias debería aprovechar las experiencias malas y buenas de otros gobiernos nacionalistas. Mirar al País Vasco y ver cómo han invertido en cultura y han hecho grande a Euskadi, y cómo se ha empobrecido Cataluña. Canarias sufre un carnavalismo folclórico, ajeno a su pasado cultural, que me produce zozobra, exceptuando la ejemplar trayectoria de Los Sabandeños. No hemos sabido imitar a César Manrique”.

-¿Cuál es tu definición de periodista?
“Me abono a la de Eugenio Scalfari: ‘Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”.

-Pero más tarde dijo que es un “oficio cruel”.
“Sí, tuve oportunidad de preguntarle por qué ese cambio de opinión; le preocupaban los periodistas que desnudaban a los demás sin la debida responsabilidad”.

-En El niño descalzo (Alfaguara) desnudaste infancias: el abuelo, la hija y el nieto.
“Un día percibí que ese niño estaba produciendo un gran regocijo en la casa. La vida es esperar que el día siguiente sea mejor. Hay un momento en la vida en que ya el día siguiente no es mejor. Pero hay la posibilidad de que un niño
-eso lo sabes tú- cree la ilusión otra vez de que los días vengan. Y eso estaba pasando con mi nieto Oliver. Empecé a escribirle una carta, y en medio se mezcló mi infancia y la de su madre. Es un libro arduo de un adulto que cuenta los apólogos de su propia experiencia. Yo creo que escribir de un niño es tan difícil como escribir del mar. Decía Goethe que medirse con el mar era uno de los riesgos mayores de la escritura”.

-Has escrito en alguna parte que la mejor hora de tu infancia era las cuatro de la tarde. ¿Por qué?

“Porque estaba solo con mi madre, sonaba en aquel Radio Club Tenerife de Avelino Montesinos y Somar el programa deportivo de la tarde, y ella me preparaba un bocadillo de mortadela, que era buena y barata, porque llegaba del extranjero al ser puerto franco. A mí esa hora me recuerda el olor del café de mi madre, los bocadillos de mortadela, el fútbol y la radio. Era una hora deliciosa”.

-¿Qué periódico leías?
“En mi casa no había periódicos ni libros. Los prospectos eran lo único que se podía leer”.

-¿Y en esas condiciones cómo se te pegó la ventosa del periodismo?
“Por la radio, que fue muy importante. Lo conté en la presentación de El niño desnudo con Eduardo García Rojas, magnífico entrevistador. Antes de escribir, yo ya sabía sintaxis sin darme cuenta, como el personaje de Molière que descubre que está hablando en prosa. Y fue gracias a la radio, que era una radio bien escrita en el aire. Radio Juventud de Canarias tenía unos guionistas y unos locutores extraordinarios: Paco Padrón, Antonio Abdo… Y un día entró en casa un recorte de prensa”.

-Veo que fue un hecho insólito.
“Sí, para mí sí. Alguien se lo dio a mi madre. Yo lo recuerdo vívidamente. Era un suceso ocurrido en La Palma. Apareció en El Día y en medio había una foto en la que se veía a un hombre muerto. Debo decir que nunca he visto a una persona muerta físicamente. No sé si es porque me impresionó aquella imagen. Mi madre había estudiado poco y se adiestró leyendo ese texto y me adiestró a mí leyéndomelo. Aprendimos los dos a leer juntos. Todos los días le pedía, ‘léeme eso, madre’. Y ella me lo leía y me lo leía. Yo tendría siete, ocho años. En cuanto supe leer, recogía los periódicos rotos del suelo y me suscribí a Pueblo. Iba a la escuela poco, porque a mi madre le daba apuro que me diera asma”.

-El absentismo del asma.
“Es que los ataques de asma eran peligrosos, porque no había recuperadores. El Aldo-Asma y el Ventolín llegaron después. Vivíamos al lado de un barranco, frío y húmedo, rodeados de plataneras. Todo lo que parece bello en los pueblos puede ser para algunas personas que los habitan insano. No era un niño enclenque, pero los ataques de asma me dejaban debilitado. Y a menudo me tenían que tirar baldes de agua”.

-Suena fuerte.
“Pero era así y funcionaba. Me los tiraban muchas veces. Mis padres y mis hermanos. El balde de agua te despertaba de los ataques nocturnos”.

"Me produce zozobra el carnavalismo folclórico de Canarias”. / A.G.
“Me produce zozobra el carnavalismo folclórico de Canarias”. / A.G.

-Benedetti, asmático, se pregunta en El fin de la disnea si Proust habría escrito lo mismo de no haberlo sido también.
“Por eso estaba en la cama. A Benedetti el asma le agrió el carácter. Cuando respiro mal, me vuelvo también irritable. Y cuando no comprendo algo no respiro bien”.

-¿Cuándo tuvo en las manos un libro?
“Mi primer libro fue una revista, Destino, que mi padre llevó a casa sin saber lo que era. Estaba llena de literatura. Allí estaban Josep Pla, el joven Umbral, Miguel Delibes, José Miguel Ullán… Luego me hice lector de periódicos deportivos como Dicen y Lean. Nunca leí el Marca, no sé por qué razón. Me hice del Barça muy pronto, a los 11 años, porque las ondas radiofónicas de Barcelona se percibían mejor en el Puerto de la Cruz que las de Madrid. Vivíamos en una hondonada, con lo cual las ondas llegaban por caminos extraviados. A los 12 años pedí prestados al Instituto de Estudios Hispánicos tres libros: Pequeñeces, del padre Coloma, el creador de Ratoncito Pérez; Viaje al mundo submarino, de Julio Verne, y Oliver Twist, de Charles Dickens. Mi biblioteca -unos 20.000 volúmenes- la he donado a ese centro”.

-¿Qué es el libro?
“Un instrumento del alma para prolongar la vida con la vida de otros”.

-Dos citas, a propósito del ebook: la editora Inge Feltrinelli, que te declaró que el libro no puede desaparecer como tampoco la bicicleta y lo que nos dijo a los dos Enzensberger: que leer es tocar la hoja.
“Yo pienso exactamente igual, pese a que soy un enfermo de las nuevas tecnologías. La cultura literaria tiene enemigos graves, pero no es el ebook, que es un libro de bolsillo, un soporte interesante. El enemigo de la lectura no es más lectura, sino menos lectura: Twitter, Facebook, todo aquello que te hace creer que estás leyendo, cuando estás tomando granos de palabras”.

-¿Twitter no secunda el relato breve de Monterroso?
“No, se ha vuelto un divertimento, como el sudoku, te quita sosiego para pensar”.

-¿Qué piensa un niño en la cama?
“En mi caso fue pensar en la escritura. Y la escritura me hizo. Lo que a mí me sorprende es que yo sigo siendo como aquel chico. Le hice una entrevista el otro día a Juan Marsé, y cuando la estaba escribiendo sabía que me iba a salir, pero un momento antes me daba miedo. Le hice otra a Vargas Llosa en Nueva York y me la preparé como un colegial ante un examen. Creo que esa actitud me ha beneficiado. Nunca me he dado por ganado”.

-¿Te persigue aún la necesidad de merecerte el sueldo?
“Claro. A mí me da miedo hacer una cosa mal por si me echan del periódico. Y ya tengo 67 años”.

-¿Temes que la memoria se agote y con ella los libros?
“No, porque siempre hay cosas que no acabas de contar bien. Todos mis libros han sido, en cierto modo, memoria de las cosas reales y de las irreales que me han pasado. Le leí a Marsé esa entrevista; mi mujer la oyó, y dijo, ‘así que la madre de Marsé, como Carmen Balcells, creía en brujas’. Y yo le dije, mi madre también”.

-Me dijiste que contaba historias de brujas y del cura que se escapaba con la amante.
“Mi madre lo contaba todo. Era una buena cuentacuentos. Como ama de casa, era costurera, planchadora, cocinera, ordeñaba cabras y vacas, recogía las dulas del agua, cogía las tornas para regar. Y contaba cosas. Una de las más significativas que me contó fue lo que dijo el educador anarquista Ferrer Guardia cuando lo iban a fusilar en octubre de 1912. Él gritó: ‘No tengo miedo a la muerte. Vivan los niños. Vivan las escuelas laicas’. Y eso tiene que ver con mi manera civil de ser, no basada en la religión, nunca fui católico, sino en la educación, por tanto, en la razón”.

“MÁNDAME UN ‘EMAIL”

“¡Niño, no se roba!”, le recriminó, ya en la calle, el librero, al que le había sustraído una revista deportiva en Santa Cruz (la ciudad que lo nombraría Hijo Adoptivo), camino del médico, y la madre, Juana, se quedó avergonzada. Juan recuerda el incidente en la Librería Sixto con afecto hacia el librero, Floreal Concepción, que un año después lo designó seleccionador de fútbol infantil del norte de la Isla. Juan coleccionaba estampas de toreros de las cajetillas de cigarros, que solía llevar en el bolsillo, y tenía buena memoria: adivinaba los nombres por las pezuñas de los toros a cambio de dos pesetas. En vista de que acertaba, el abuelo le pidió que le rellenara el boleto de la quiniela y salió premiado. Entonces, le llovieron solicitudes por su buen tino con la suerte, hasta que quedó demostrado que había sido pasajero. El fútbol fue lo primero en el semanario deportivo Aire libre, que publicó una crónica suya a los 13 años, hace más de medio siglo. De niño vivía en la cama aislado, junto un teléfono, antes de que todos viviéramos pegados al móvil. Todo parte del asma y sus miedos, confiesa en esta entrevista. Y con ese talón de Aquiles no para la pata. Aquel animal, tampoco. En la casa pensaron que el pelo de la perra perjudicaba su salud y la abandonaron en el Teide, pero al cabo de unos días regresó con la lengua fuera y entonces la indultaron y el padre se la llevaba en el camión, hasta que un día la atropelló dando marcha atrás y su muerte fue un mazazo. La querían más desde su proeza. Juan sorprendía a su madre cantando para que no la vieran llorar las penurias económicas. Gente pobre; por eso el alcalde no lo quiso atender una vez, como reveló cuando le dieron la Medalla de Oro del Puerto de la Cruz. “Mi madre se pasó la vida inventado cosas para que yo estuviera tranquilo”. Y cuando fue a entrevistar a Julio Caro Baroja, con 18 años (que figura en su antología del género Toda la vida preguntando), la madre, que creía en brujas, le compró un pantalón gris, una chaqueta blazer azul, una camisa azul de tono neutro y una corbata oscura, para que fuera presentable a hablar con el autor de Magia y brujería. El etnólogo venía esa mañana de ver a los monos del Parque y de preguntarse qué había sido de nuestra especie, en su comportamiento salvaje, como si lo hubiera dicho ayer de París, y le dijo al joven periodista (en 1968, como si fuera hoy) que “la gente se cansa de los políticos y los manda a paseo”. Dos años después, un gran poeta hacía escala en la Isla en un largo viaje en apoyo de un político. Pablo Neruda, a bordo del Verdi camino de Valparaíso, al encuentro de Allende. Fue una entrevista histórica de Juan. El autor del Canto general comentó a un compañero de viaje: “Fíjate, Valdés, cómo hablan… Igual que nosotros”. De no haber padecido esa enfermedad crónica, quizá habría salido un Juan Cruz sosegado y paciente, y no un jiribilla. Esta entrevista fue hecha a galope, mitad sentados y mitad en camino hacia otra cita, y, finalmente, por el wasap. Cristino de Vera me dijo que Juan Cruz era como César Manrique: “un canario dinámico”. Él cita a otros dos paisanos por el estilo, dos colegas que lo llevaban en coche a La Laguna cuando vivía en el Colegio Mayor: Elfidio Alonso y Alfonso García Ramos, a bordo de cuyo Peugeot verde se inició en los mitos de un oficio proteico y depresivo, el periodismo, al que roba tiempo para escribir novelas de una vida paralela de obsesiones, como El sueño de Oslo (Premio Azorín), donde flotan las palabras y sus neuras agarradas a Cortázar y Scott Fitzgerald o Cabrera Infante como tres salvavidas. El libro es de papel y la isla es de lava. El oficio de escribir y el oficio de vivir, que decía Pavese. El caso Juan Cruz es la pasión de quien quiso volver al periodismo con más de 50 años y tras 12 de editor, y al que el director del periódico le dijo “mándame un email”, y se vio en un cuarto oscuro haciendo méritos hasta que Soledad Gallego Díaz lo rescató y le encargó un reportaje que le devolvió la felicidad. Pilar (García Padilla) ha sido su pilar, la que entendió por qué va siempre deprisa. Eva y Oliver, la hija y el nieto, trenzan infancias comunes con él, que acaba de novelarlas introspectivamente. “Este Juan Cruz es mucho Juan Cruz”, decía Pérez Minik, que le seguía exhausto los pasos a través de la prensa y los libros. Juan es un autor inclasificable, un periodista cultural europeo que convive con el escritor, el tertuliano político, el editor, el conferenciante y el nómada. Viajero que habita en aviones repite una frase fetiche de Becket, “la isla va conmigo a todas partes”, y cumplió el sueño de revisitar todas las islas en las que nació -en Canarias se nace en una y en todas las islas a la vez- para escribir un viaje sentimental tras el que Ignacio Aldecoa publicara en los 60, Cuaderno de godo. Juan es una isla en el mar de las letras. La isla Juan Cruz. Ha vivido los ahogos a solas y en compañía. Una vez, Juan y el abuelo Silverio pasaron un ataque de asma juntos. El abuelo domaba burros, pero nunca consiguió meter en cintura al potro del asma, y por eso le prestaba el soplete al nieto.

-Salvo en tocando a brujas.
“Hay cosas que yo no he contado de cosas que yo sé de mi madre, como esas convicciones brujeriles”.

-¿Creía de verdad en brujas?
“Es que yo también creo. Y tú también crees”.

-Yo creo porque, en parte, me crié en Taganana y las brujas de El Bailadero no admiten discusión.
“Como dicen los gallegos, haberlas haylas. Creía en eso. Ella creía en las apariciones, en Dios, en mejunjes. Me ponía aceite en un papel de estraza y me hacía un rezado. Curaba el mal de ojo. Yo no creo que ella viera apariciones. Yo sí vi, de niño, estando en la cama. No sé si por la debilidad o qué, pero vi a un hombre que estaba enfrente, que me miraba, y después se fue. Y le dije a mi madre, estuvo por aquí fulanito, porque se me pareció con alguien. Y me dijo, aquí no ha venido nadie, pareció no creerme. Pero yo sí creo que era aquel personaje”.

-García Márquez también creía en apariciones. Pero pedía rigor para este oficio, nada de fantasmadas.
“Es que García Márquez es un patrón de medida de este oficio. Porque fue capaz de rozar la ficción haciendo periodismo y no invadirse de ficción. Logró darle belleza al periodismo, hacer que los datos no inundaran los reportajes. Ahora hay jóvenes periodistas españoles que están en esa tesitura. Yo reivindico el periodismo informativo. Creo que hay un exceso de columnas debido a la crisis (es más barata la opinión) y la preeminencia nefasta de las redes sociales, disfrazadas de periodismo. Hemos alquilado el periodismo a las redes sociales”.

-Bajo el sobrenombre de libertad de expresión.
“Yo no estoy a favor de la libertad de expresión; es una filfa si no tiene contenido. Si yo dijera ahora en la radio cualquier boutade sobre Clavijo, Rajoy o Pedro Sánchez, y quedara muy bien con los oyentes y con las redes sociales, que me tuitearían cualquier bobería que dijera, eso no es libertad de expresión, sino bobería de expresión. Estamos deificando la libertad de expresión, cuando creo que no existe. Nadie tiene libertad de expresión, sino cosas que dice en libertad y que son interesantes si están contrastadas”.

-¿El debate Rivera-Pablo Iglesias de Salvados aportó?
“Me sorprendió que un debate se llame así cuando ha sido editado y enlatado. Yo respeto lo que hace Évole, pero creo que debiera reconsiderarse esta vertiente espectacular de la televisión que es capaz de guardar un debate siete días. ¡Cómo es esto! Tenemos también que huir de lo políticamente correcto entre nosotros”.

-Elige la mejor anécdota periodística que conoces.
“Rafael Ramos, fotógrafo entrañable, había tenido varias. Una vez lo embistió un toro al que fotografiaba. Pues fue con Tinerfe, notorio periodista futbolístico, a hacer una foto de un entrenador y, por algún despiste, no lo fotografió (creo que era del Albacete) y entonces pusieron la foto del equipo con el siguiente pie: “El equipo del Albacete y, ya fuera de la foto, nuestro entrevistado”. Antológica”.

-¿El País, 40 años después, sigue siendo un referente?
“Yo creo que sí. Hay una campaña sibilina contra nosotros, porque otros quieren ocupar nuestro espacio. Al frente del diario está un excelente periodista que fue corresponsal en Washington, Antonio Caño. El País es uno de los acontecimientos políticos y culturales más importantes en la vida de muchos españoles. Pero se ha instalado una moda de meterse con el periódico alentada por personas interesadas en destruirnos”.

-Tu entrada en El País fue un premio a la perseverancia.
“Yo quería trabajar en un periódico nacional, y Ramón Chao, de la revista Triunfo y la radio francesa, me dijo en Santa Cruz: ‘¿Y por qué no vas a El País?’. Todavía no había salido. Fui a Madrid e insistí tanto que Juan Luis Cebrián me dijo: ‘Pues vete a Londres de corresponsal’. Hubo personas que me ayudaron hablando de mí a Cebrián y a Javier Pradera, como Jerónimo Saavedra y Javier Muguerza. Leopoldo Fernández me llamó por la tarde para que viniera a trabajar a DIARIO DE AVISOS, que él dirigía, y Cebrián lo había hecho por la mañana”.

-En Egos revueltos (Premio Comillas) y Especies en extinción hablaste como autor y editor. A Saramago, Günter Grass y Vargas Llosa los promoviste hacia el Nobel.
“Hombre, yo ayudé como editor, pero se los dieron por su trabajo. El Nobel es una gran noticia para un escritor. Algunos, como Cela, luego lo dilapidan”.

-¿Javier Marías y Muñoz Molina tienen opciones?
“Sin duda. Son dos mentes dotadas de una extraordinaria capacidad para convertir la realidad en metáfora”.

-Günter Grass pasaba vacaciones en La Palma.
“Es una isla muy famosa entre los alemanes. Entrañable personaje. Era como un niño que no se daba cuenta de que había llegado a una edad en la que ya era posible que no viviera más. Me robaron un jamón que le llevaba y le llevé otro; lo tocaba como si fuera una mandolina”.

"La lectura tiene dos  enemigos: Twitter    y Facebook”, A.G.
“La lectura tiene dos enemigos: Twitter y Facebook”, A.G.

-Y Saramago vivió en Lanzarote. ¿Cómo lo recuerdas?
“Logró hacer un compromiso de la melancolía”.

-¿Qué define a Vargas Llosa?
“Su lucidez literaria. El amor sin límites a la literatura”.

-“La privacidad ha desaparecido”, te dijo en Nueva York, a propósito de su relación con Isabel Preysler.
“Es que es una aventura tan personal como cualquiera de nuestras propias aventuras, que a nadie le gustaría que fuesen cuestionadas en público”.

-Siendo amigos, algo te disgustaba en Carlos Fuentes.
“A veces mostraba rasgos de arrogancia que yo no aprobaba”.

-Hablando hoy de radio, un gran locutor mexicano acaba de ganar el Cervantes.
“Fernando del Paso, un locutor de lujo de la BBC. Me lo descubrió José Arozena, que lo leía todo. José Trigo es una novela deslumbrante. Lo conocí en Londres. Es una reivindicación de la literatura como cultura y lenguaje”.

-¿Por qué Emilio Lledó nos recuerda a Pérez Minik?
“Son mis maestros; igual que lo fue Rafael Azcona. Maestros y amigos. El premio Princesa de Asturias a Lledó ha sido una gran noticia para nosotros, sus alumnos, y para la Universidad de la Laguna, donde dio clases”.

-¿Cuando te dieron el Premio Nacional de Periodismo Cultural miraste, medio siglo atrás, al niño del recorte?
“Así es. Pero un premio dura un segundo, luego hay que seguir siendo periodista. Yo soy aún aquel niño, el que escuchaba y leía. Leía las cartas que una vecina sueca le escribía a mi madre cuando se marchó sobre los hijos, la separación… Y con 11 y 12 años empecé a escribir las cartas a los emigrantes de sus familias que se quedaron aquí. Empezaban todas igual: Querido fulanito, me alegro de que al recibo de esta, mi carta, te encuentres bien de salud. Por aquí todos bien, gracias a Dios. Y en el punto y aparte empezaban los reproches, las recriminaciones. Fue un aprendizaje para mí”.

-La cuna del futuro Premio Canarias de Literatura (2000).
“Exactamente. Después no he hecho sino escribir cartas, como esta a mi nieto”.

-¿Dónde está el poeta Juan Cruz?
“Quizá ahora escriba poesía. Una vez escribí un poemario muy personal y robaron el coche donde lo tenía. He sufrido otros robos. Una vez, los ladrones entraron en mi casa de El Médano por la puerta del balcón. Treparon y se llevaron algunas cosas mientras dormía”.

-En enero se cumplen 40 años de la muerte de nuestro Rimbaud, el poeta Félix Francisco Casanova.
“Era una luz de la Isla. Aquel chico (que murió en la bañera por un escape de gas con 19 años) bebía del encantamiento de las palabras que hay en Canarias. Somos una fábrica sentimental de metáforas. Llegas a la isla, y el aire, el Teide, la playa son metáforas. Vivimos en unas islas de metáforas. Y Félix Francisco Casanova era una metáfora de Canarias en el siglo XX”.

-¿Por qué escribiste Crónica de la nada hecha pedazos (Premio Benito Pérez Armas), en la médula de aquella generación de los 70?
“Había perdido la posibilidad del amor de una chica y la estaba buscando. Todos mis libros han sido escritos para escribirle a alguien. Cuando murió mi madre escribí El territorio de la memoria. Cuando murió mi padre, Ojalá octubre. Cuando me alejé del barrio, La foto de los suecos. Siempre me he estado despidiendo, como dice el verso de Neruda: ‘Fue mi destino amar y despedirme”.

-Y “llenar el minuto inolvidable con los sesenta segundos que lo recorren”.
“Ah, ese poema es If (Si), de Kipling, que escribí en el muro de mi casa. Era como un poema de autoayuda. Mi madre me dijo: ‘No se escribe en las paredes, así que bórralo”. Y lo borré con la uña, pero quedó la huella. En una revista del consultorio de un médico Adolfo Marsillach hablaba de ese poema. Me levanté y vi que el médico tenía también el poema colgado en la pared. Un día, mi hija me llamó para decirme: ‘He encontrado la huella de ese poema en la casa de tus padres”.

-Si tuvieras que elegir solo una de tus obras…
“El territorio de la memoria”.

-¿García Márquez cómo era personalmente?
“Un tímido al que la fama convirtió en un hombre recluido en cierta arrogancia que estaba cerca de los poderosos. Su entierro, lleno de estadistas, fue un insulto a la memoria de su obra, que nunca se contaminó. Es el mejor narrador del siglo XX en Hispanoamérica”.

-En tu puesto actual de El País te olvidaste de jubilarte.
“Ya estaba jubilado y en el periódico me pidieron que volviera de adjunto a la dirección. No está en mi mente. Hombre, un día me tendré que jubilar”.

-¿Y radicarás en Tenerife o en Madrid?
“Yo vivo aquí, tengo casa en el Puerto, en El Médano y pronto en Santa Cruz. Este es mi sitio, yo soy de aquí. Ya no me dicen: ‘Juan, ¿cuándo te vas?”.