nombre y apellido

Laura González

El pasado veinticinco de octubre y los días previos y posteriores, los lazos violetas, las frías estadísticas, las manifestaciones y protestas públicas y los silencios luctuosos situaron en primer plano la asignatura pendiente de la igualdad efectiva de género, tanto en las sociedades bárbaras como, lo que es peor, en las que consideramos civilizadas. Durante unas horas, el símbolo de condena y penitencia en las solapas y espacios públicos, y el menú ritual -víctimas, siempre inocentes, testimonios personales, denuncias, declaraciones ruidosas y sensatas, anuncios de los poderes y promesas de las oposiciones- nos refrescaron sucesos cercanos en espacios, tiempos, nombres y apellidos. En las entradillas de los medios audiovisuales y en los titulares sobre papel los balances criminales actualizados -ochocientos catorce asesinatos en España, veintiséis de los cuales ocurrieron en el Archipiélago Canario- se acompañan con liturgias conmemorativas y con llamadas de líderes políticos, sociales y culturales que, a lo peor, caen en vacío porque, en temas tan graves y sensibles, el cumplimiento estricto de las leyes y los establecidos castigos por sus vulneraciones están, tienen que estar, por delante de las buenas y necesarias intenciones que califican y dignifican a las personas y a los grupos. La atmósfera de miedo e indefensión que persigue, y consigue, la ferocidad ciega del terrorismo -desde Francia a Mali y Túnez y quién sabe cuáles serán las próximas geografías de las matanzas- no debe distraer ni posponer la demanda de la vigencia plena de los derechos humanos en nuestros escenarios cotidianos, porque su violación, en el precepto de la igualdad, es la que permite la violencia contra la mujer que, desde 1981, promovida por organizaciones feministas y, desde 1993, por resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas y bajo distintos enunciados, se condena y combate en todo el mundo, con desigual fortuna y eco. En esta edición, los palmeros evocamos con dolor y especial ternura la imagen de Laura González, la linda joven asesinada por su compañero sentimental en el ecuador de las Fiestas Lustrales y el imaginario insular encierra, junto a la furia y la venganza reprobables del homicida, el emocionante homenaje de los enanos transformados que, por primera vez en la historia, silenciosos e inmóviles compartieron el dolor y censuraron el crimen. No conozco, y acaso sea un exceso patriotero, un compromiso más hermoso y eficaz contra esa lacra social que el que les cuento en esta esquina.